Ternadas (XII)

El sábado siguiente decidió regresar a Pirarcas. El cura no podía llevarle hasta el pueblo, pero eso no iba a ser un problema. Al salir del internado había un coche esperándole. Uno blanco familiar con cristales cubiertos de polvo. Le llamó la atención que la carrocería, en contraste, estaba limpia, y también el parabrisas. Fuera del coche había un sujeto como de cincuenta años, grande y fuerte, pero muy amable, que vestía una chaqueta de tweed sobre un jersey de cuello de cisne beige, que empezó a hacerle señas mientras sonreía con una amabilidad a la que Heli no estaba acostumbrado, y por eso se acercó al coche. El hombre de la chaqueta le abrió la puerta y pudo ver dentro a Rheinstrosand. Dudó un instante y luego entró. El hombre se colocó al volante, puso en marcha el coche y tomó la carretera de Guadingres.

—¿Qué tal la semana? —dijo Rheinstrosand.

Él no respondió. Miraba el retrovisor, y de vez en cuando su mirada coincidía con la del chófer. Rheinstrosand le dijo:

—Tenía que asegurarme. Te he investigado. No hay rastro de ti en ningún archivo policial. Muy bien, Heli —le apretó el hombro—. Tan sólo no dejes que tu orgullo lo estropee.

El bar de la plaza volvió a llenarse a la hora de comer. Él ya tenía otra cerveza delante cuando la vio entrar, aproximarse a la barra, quedarse plantada a escasa distancia de los pesados que hay en toda barra de todo bar de todo pueblo, con sus piropos mezcla de desenfreno y sarcasmo, desprovistos de toda clase de buen gusto. Llevaba el uniforme del colegio: la camisa blanca, la rebeca de punto granate, la falda a cuadros y los calcetines a juego con la rebeca. Él levantó la mano y soltó un “eh”, que se escuchó en todo el bar. Ella no lo conocía, pero los graciosos se quedaron mudos, mirándole, con más curiosidad que recelo, y cuando él le hizo un gesto para que se acercara, ella avanzó hacia su mesa, mitad por impulso, mitad reconfortada por escapar del griterío acechante que reinaba en la barra. Él entresacó una de las sillas para que se sentara:

—Siéntate un rato, Apolonia —dijo.

Ella se vio en la obligación de resistirse. Le dijo:

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Porque yo sé muchas cosas.  Siéntate.

Ella se sentó. No podía dejar de mirarle.

—No eres del pueblo —le dijo.

—No.

—Entonces, ¿cómo sabes que me llamo así?

—Ya te lo he dicho.

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5 thoughts on “Ternadas (XII)

  1. Mi parte favorita
    “—Siéntate un rato, Apolonia —dijo.

    Ella se vio en la obligación de resistirse. Le dijo:

    —¿Cómo sabes mi nombre?

    —Porque yo sé muchas cosas. Siéntate.”
    Me parece siniestro. El chico rebelde que vuelve como salvador siniestro. Va muy bien.
    Esta parte me pareció más visual y de transición, supongo que me acerco a la mitad del relato (ya sé, ya sé, tengo un mar de partes atrasadas jajaja me disculpo).

    Un saludo, José. Ahora sí, a leer de tirón hasta acabarlo, que ya vi que de Balonazo ya llevas buena cantidad de partes también jaja.

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