Ternadas (XIV)

—Sí, pero el curso acaba de empezar. Adiós. Ya nos vemos otro día, ¿vale? ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?

—No te preocupes por eso.

—Vale. Adiós.

Cogió los libros y salió del bar. Él terminó su cerveza, y diez minutos después salió también. Esa misma tarde, como a las cinco, las nubes cubrían por completo el cielo de Caujaringa. Los ancianos que había sentados en los bancos de la plaza empezaron a levantarse, porque sabían que iba a llover. Se marcharon a sus casas a paso descansado, pisoteando unas octavillas en blanco y negro, de diseño tosco y mensaje impactante: “Alfageme, Siñero, Valles. ¡Libertad ya!”. Unas octavillas con los apellidos de los tres adolescentes detenidos, que circulaban por todo el pueblo desde esa misma mañana.

El edil no respondía llamadas en su móvil desde hacía media hora. Estaba reunido con unos caballeros en un salón privado del hotel del pueblo. El hotel se ubicaba en una antigua fortaleza huajú remodelada para albergar huéspedes, y en esa época del año seguía colgando el cartel de “no hay habitaciones”. Entre vasos de cristal grueso y dibujo complicado, medio llenos de brandy añejo, y el aroma característico de los puros traídos de ultramar, el discurso del edil estaba saliendo bastante redondo. Suplantaba al alcalde en las negociaciones con los representantes de la empresa de la planta de residuos. Se aclaró la boca y entró a matar:

—En resumidas cuentas, señores —dijo—. Nuestro pueblo es el mejor emplazamiento de toda la región. Las condiciones son inmejorables. Y los accesos, las condiciones climáticas y la antigüedad de los festejos populares garantizan una adecuada explotación de ese su negocio. No tienen por qué pronunciarse ahora. Piénsenlo. Consulten. Esta oferta no va a caducar en dos días.

El edil se había asegurado de mejorar con creces la oferta del ayuntamiento de Bustelo, y también de que sus invitados se convencieran de que había otra planta de residuos con interés por instalarse en el municipio, lo cual era falso. Pegó un último sorbo a su botella de agua y se levantó de la silla. A sus invitados, mareados por el exquisito brandy, les llevó unos segundos reaccionar. Entonces entró la camarera del hotel, una de ellas, la que les había servido las bebidas y había tenido que aguantar sus rancios cumplidos, lúbricos y desafiantes, incluso un breve apretón de nalga por parte de uno de los abogados de la empresa.

—Ahora no, bonita —le dijo el edil—. Espera a que terminemos.

—Es urgente, señor Cano.

—Pero ¿qué narices va a ser más urgente que esto? Espérate un poco, caramba.

La camarera agachó la cabeza y se marchó. No fue hasta diez minutos después, que es lo que tardó la concurrencia en despedirse, abrazarse, apretar manos y más manos, intercambiar chistes malos y palmadas en la espalda, sonrisas con olor a brandy y miradas de zorro que se encuentra con otro zorro, cuando el edil conoció la noticia. Rodrigo venía en persona a traérsela, ya que no conseguía hacerse con él por teléfono.

—¿Qué ha sido? —dijo el edil— ¿Qué ha dicho ahora ese párroco?

—Nada. Son los tres detenidos. Están muertos.

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