Ternadas (XV)

El edil se personó en el cuartel de la Guardia Rural, donde se hallaban presos los tres adolescentes, para verificar la causa de su muerte. Dejó a Rodrigo cuidando la entrada, con orden de no dejar pasar a nadie, y bajó a los calabozos junto con el forense y el capitán de la Guardia que estaba a cargo del cuartel. El veredicto del forense fue suicidio. Después, el edil decretó la conmutación de penas de todos los presos y su traslado urgente. Al llegar el alcalde, y antes de que le hiciera algún reproche por las confianzas que se iba tomando, le dio a firmar un papel por el cual dimitía del cargo en su favor. El alcalde apenas se sorprendió. Sacó una pluma de su americana y firmó el papel apoyándose en la espalda de Rodrigo. Un empleado de la funeraria llegó en ese momento. Se le hizo pasar a una habitación para que esperase a los familiares.  Cuando llegaron estos, se les convenció para que renunciasen a ver los cadáveres, apuntando como motivo el mal estado de los mismos. En la puerta del cuartel empezaba a congregarse una turba de malcarados vecinos. El nuevo alcalde, antiguo edil, señor Cano, ordenó al capitán que dispersara el tumulto y, si fuera preciso, decretara el toque de queda una hora después, a partir de las diez. Esa noche no salió nadie de su casa.

Heli estaba solo cuando llegué. No me hizo mucha gracia, pero no tenía elección. Le saludé, y antes de que hiciese ademán de sacar el tema de los presos me cortó en seco. No quería hablar de eso. Me extraño, pero pensé que le estaba torturando, que aquel fatídico hecho había clavado una lanza en su costado de guerrillero, y no era precisamente agua lo que estaba saliendo. Me senté a la mesa en silencio y él sacó una baraja. No cruzamos palabra hasta que llegaron los demás. Pensé que repartiría, pero se dedicó a hacer solitarios mientras yo observaba las sotas, los caballos, los bastos y las copas. De vez en cuando, yo resoplaba por la tardanza de los otros, y él me enviaba una mirada de reproche. No sé si porque le desconcentraba o porque criticaba mi deficiente madera de revolucionario. Después de diez minutos de mirar cartas saqué del bolsillo de la cazadora vaquera el Libro, en su edición de bolsillo y me puse a hojearlo. Tardó menos de un minuto en arrebatármelo, colocarlo abierto boca abajo sobre el mármol de la cocina, empaparlo en alcohol y pegarle fuego. Entonces, se fue la luz.

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