Ternadas (XVI)

Cuando por fin llegaron los cuatro que faltaban, el cabo de vela, que tanta guerra me había dado para sostenerse derecho sobre el plato, estaba casi por la mitad.
No venían de la calle, sino del piso de arriba, de dormir después de un viaje agotador. Yo conocía a Sisley, que era el mayor de todos. El resto parecían críos. Uno era hermano de Alfageme, recién fallecido, pero estaba muy tranquilo. Todos lo estaban, aunque no reían. Los demás eran Petiche y el Loro. Confieso que la primera vez que los vi juntos pensé que ya nos podíamos despedir de cualquier buen resultado. Insinué que tomásemos una copa y la mirada que me lanzó Heli fue suficiente para que lo olvidase. Alguien colocó una botella de soda sobre la mesa y eso fue todo lo que bebimos esa noche, mientras escuchábamos el plan.

El plan de Heli era muy simple, bien elaborado y fácil de memorizar. Pero ni siquiera los mejores planes pueden presumir de eficaces hasta que se llevan a cabo, así que nos tocó esperar al amanecer para saber si aquel lo era. Si era de recibo tomar el cuartel de la Guardia Urbana y obligarles, a punta de pistola, a aparentar normalidad, mientras Heli conseguía la renuncia del nuevo alcalde. Petiche sugirió que, cuando tuviéramos el control, se legalizase la ayahuasca, a lo que Heli se opuso, tachándole de ingenuo.

—¿Es que no ves lo que pasa a tu alrededor? —dijo—, ¿es que nadie te ha explicado cómo funciona el mercado? El mercado, querida mente de pájaro bobo, es la dictadura de los peces gordos. Por eso, como dice Briz de la Nouelle, la primera tarea de todo manual de economía contaminado consiste en convencer al lector de que el mercado es la solución a todos los problemas, la forma más justa de equilibrio entre oferta y demanda. Pero no se trata de oferta ni de demanda, sino de justicia.

Petiche miraba la mesa.

—Supón que la legalizamos —dijo Heli—. Un nuevo terreno para los buitres, una buena cifra de potenciales consumidores. Montones de empresas de cualquier tamaño se disputan ese terreno. En cosa de cinco años, sólo quedan tres grandes empresas. Como tres grandes empresas, mejor dicho, tres hombres de negocios, se ponen de acuerdo antes que millones de consumidores, y tienen libertad para fijar los precios, el oligopolio está a la vuelta de la esquina, por mucho que se hagan leyes para evitarlo. Esas empresas controlan todo el proceso de producción, desde las semillas hasta los materiales de cultivo, y los encarecen para que nadie prefiera el auto-cultivo. Ahí tienes el resultado: la ayahuasca de calidad, la buena, cuesta tanto que sólo se la pueden permitir los ricos. El resto, a conformarse con la de baja calidad.

Ahora todos mirábamos la mesa.

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6 thoughts on “Ternadas (XVI)

  1. Hay gente que quiere ver arder el mundo, y también está José. Él se sienta, se pone a escribir con lujo de detalle y, con las páginas, aviva el fuego. Él no quiere ver arder el mundo, ¿para qué querer cuando se puede ayudar, no?

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