Ternadas (XVII)

—Una cosa más.

Se quedó un momento escuchando el repicar de la lluvia sobre los cristales. Después, dirigiéndose a todos, pero mirándome a mí, dijo:

—Hay que desvincularse del Libro. Que nadie os encuentre una copia; que nadie os vea leerlo; si os preguntan, decid que no lo conocéis; si os acusan de leerlo, negadlo. Es lo primero que usarán en nuestra contra.

Dicho esto, sopló con fuerza y apagó la vela. El Loro murmuró algo hasta que una patada lo hizo callar. Estuvimos en silencio un buen rato, como diez minutos, y entonces escuchamos el sonido inconfundible de carga de una automática. Yo pensé en la mía, pero estaba demasiado lejos. También recordé mi dolor en el codo, por las interminables prácticas de tiro esa última semana. Pensé que Heli nos iba a matar a todos. De la manera más absurda, recordé todo lo que tenía por hacer aquella semana. Después pensé que tal vez él se volase la cabeza, pero enseguida me pareció una idea que no tenía mucho que ver con el Heli que yo conocía. A lo mejor quería deshacerse de alguno de nosotros. Imaginé el disparo en la oscuridad y empecé a ponerme nervioso. Como media hora después, el hermano de Alfageme cayó al suelo. No nos movimos. Tuve una alucinación. Vi un resplandor a lo lejos, muy pequeño, rodeado de oscuridad. La luz se movía de derecha a izquierda, después ascendió y se quedó en lo alto. Parecía aproximarse, o sería que yo me acercaba flotando. Entonces, vi que la luz era real, era una llama, y mis entumecidas nalgas sobre la silla me confirmaron que no era yo quien se movía, sino la llama. Algo la oscureció, pero noté que no había desaparecido. Entonces volvió la luz de la casa y nos cegó por completo.

Heli no estaba, y Alfageme seguía en el suelo. Se había orinado. Escuchamos pasos en la escalera. Pensé que estábamos fritos, que entraba la policía en mi casa para desmantelar la reunión y detenernos, cuando apareció Apolonia en vaqueros y zapatillas. Llevaba un pañuelo morado al cuello y una camiseta blanca muy ajustada. Soltó una carcajada que me estremeció de pies a cabeza. Entonces regresó Heli de la cocina.

—Hay que aprender a dominar los nervios —dijo.

Después de dar la orden, a todos menos a mí, de revisar las armas y memorizar el plan, se sentó junto a Apolonia en el sofá. A mí me reservaba otra tarea. Me había dicho muchas veces que yo sería su biógrafo, así que siempre me estaba contando lo que hacía, la forma que tenía de agarrar la servilleta, y también su infancia.

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