Ternadas (XVIII)

Se puso a contarme lo que hacía cuando apenas le faltaban cinco meses para abandonar el internado. Pasaba sus horas libres en la ciudad. Pirarcas quedaba a sesenta y cinco kilómetros del internado, pero él creía que no hay distancia que no pueda recorrerse en auto-stop. El cura del centro le llevaba hasta Guadingres, a cambio de ayudar en misa los domingos, y una vez allí él se las arreglaba para que algún camionero le acercase hasta Pirarcas. Por Pirarcas ya circulaba mucho dinero en aquel entonces, y la vida nocturna de la ciudad tenía fama en todo el estado. Una ciudad de ocho millones de habitantes es todo menos hospitalaria con los recién llegados, pero él no era ningún tímido. ¿Qué podría superar la lluvia de golpes y patadas tirado en el suelo, como recibimiento, a los catorce años? ¿Qué podría ser peor que colgar de una ventana del tercer piso, mal sujeto por las manos de aquellos bastardos del último curso? Había adquirido esa extraña calma, de las que no presagian nada bueno. Se había acostumbrado a moverse despacio, como si cada movimiento estuviera calculado y programado desde semanas atrás, y no hablo sólo de sus movimientos. En el instante preciso, era rápido como una centella.

Su toma de contacto fue en enero. Encontró la casa sin dificultad, a las afueras de Pirarcas. Una finca de cinco pisos. Entrar al patio fue fácil. Él sabía que si pulsas todos los botones del portero automático siempre hay alguien que abre la puerta. En contraste con la construcción de la finca, de no menos de cien años, el ascensor era de lo más moderno. No esperaba encontrar nadie en la casa, por lo que le contrarió mucho ver la cara de aquel esbirro. El esbirro, desde luego, no lo notó, pero tampoco celebró la visita. Le dijo:

—Aquí no se te ha perdido nada.

Él no lo miró más allá de las botas. Le golpeó tan rápido y tan fuerte en el estómago que aquel tipo no pensó que pudiera sobrevivir. Cayó a plomo, como un saco de cemento, y se quedó allí tirado sin decir nada, tratando de recuperar la respiración, ya que la vertical era imposible. Él fue a la nevera, destapó un yogur y se sentó en el salón, a esperar a Rheinstrosand. Según su intuición, era el tipo apropiado. Si lo era o no, lo averiguaría pronto. De hecho, no tuvo que esperar mucho, porque a las dos horas llegó Rheinstrosand. Apenas se sorprendió de encontrarle allí, y menos de ver al esbirro en el suelo.

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