Ternadas (XIX)

No saludó, no hizo ningún gesto. Se quedó allí plantado, frente a él, pero se notaba que estaba en guardia. Entonces, él se puso en pie y fue a estrecharle la mano, sin éxito. Después, se alzó la camisa y le enseño el costado. Una cicatriz como de cinco pulgadas de largo por una de ancho, y le dijo:

—Esta me la hicieron la primera vez que me encontraron una copia del Libro.

—¿Qué libro?

—Ah, vamos.

—No sé nada de ningún libro. Básicamente, no leo.

Heli miró al suelo. De reojo podía ver las piernas del esbirro, inmóviles. Luego, levantó la mirada y dijo que se marchaba. Rheinstrosand le hizo un gesto para que esperase y le escribió en un pedazo de papel: “Correos con General Maceda. Mañana a las cinco”. Él asintió con la cabeza, sorteó el cuerpo del esbirro y abandonó el piso.

Ahora estaba en el sofá, toqueteando a Apolonia, y ella, que era de risa fácil, se carcajeaba por lo bajo. Se detuvieron un momento y se abrazaron. Heli me miró sin emoción alguna en los ojos. Era como si me estuviera mostrando cómo hacía el amor un revolucionario. Tuve un impulso y le pregunté:

—¿Cómo es Rheinstrosand?

Él no se movió ni dijo nada en varios segundos. Después, habló:

—Rheinstrosand está muerto. Pero si te refieres a cómo era, te puedo decir que sus conocimientos de doctrina chingú no eran ninguna maravilla.

No le pregunté cómo había muerto. Desde el primer momento sospeché que lo había matado él.

Al amanecer nos dirigimos al cuartel. De camino, encontramos octavillas que ninguno de nosotros había distribuido, llamando a la rebelión. Sentí que éramos más de los que yo pensaba, toda una fuerza de choque, invisible pero al acecho, y eso me hizo sentir fuerte, confiado. Tomar el cuartel iba a ser pan comido. El capitán de la Guardia, según nos vio llegar, nos hizo el alto. Después invitó a Heli a pasar a su despacho y estuvieron allí reunidos, por lo menos, hora y media. Heli salió de allí con una sonrisa de cara completa, lo que fue un alivio inmenso, porque yo ya había planeado cómo ejecutar al guardia que tenía enfrente, pero me alegré de no tener que cumplir la orden.

Lo siguiente fue muy extraño y perturbador. De pronto estábamos en los calabozos: el Loro, Petiche, Alfageme, Sisley, yo… Incluso el alcalde, señor Cano, o sea, mi padre. Compartir celda con él es, de lejos, lo más extraño que me ha pasado en la vida. Hacía años que no teníamos una conversación de calidad, pero las que tuvimos allí fueron muy dolorosas. Mucho.

Anuncios

5 thoughts on “Ternadas (XIX)

  1. Tú matas personajes en cada página, según parece.

    “Heli salió de allí con una sonrisa de cara completa, lo que fue un alivio inmenso, porque yo ya había planeado cómo ejecutar al guardia que tenía enfrente, pero me alegré de no tener que cumplir la orden”.

    De nuevo me haces recordar al pensamiento de grupo, a la obediencia, sumisión y a las dinamicas del poder. Es escabrosa tu radiología de una “revolución”.

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s