Ternadas (XX)

La primera noche no conseguí pegar ojo. Cabía la posibilidad de que nos ejecutasen, y luego estaba ese juego que se traían los guardias, de conectar la manguera y remojarnos cada dos por tres. No se conformaban con mojarnos. Tenían que calarnos hasta los huesos, entre insultos y risotadas, hasta que se cansaban. A Sisley le entró agua en el oído izquierdo y empezó a quejarse. Mi padre estaba devastado. Había perdido toda su fuerza, todo su ímpetu. Se dedicaba a sonreír y dejar que pasara el tiempo. Por mucho que le reproché su conducta no conseguí que reaccionara. Desde luego, mis compañeros no le dirigían la palabra. Pero es que dejaron de dirigírmela a mí también.

En ese momento, por lo que me contaron después, Heli era el nuevo alcalde. Acusaba al antiguo, a mi padre, de negligencia en el caso de los tres adolescentes, y había aprobado varias ordenanzas sobre temas diversos, al mismo tiempo que había derogado las antiguas. Los castigos eran cosa del pasado. La escuela iba a cerrar durante una semana como compensación a los alumnos por el trato recibido en el plan de choque. Los profesores, Rodrigo y el resto de concejales compartían celda a unos metros de donde yo estaba, pero no nos permitían comunicarnos con ellos. La mujer del bigote había demandado al cura. Ella no tenía bigote, ni lo había tenido jamás. Apenas una pelusilla de melocotón, una sombra, sólo visible si uno se ponía a tiro de escupitajo. Yo no entendía por qué todo el mundo comentaba una noticia tan absurda, puesto que el cura estaba muerto y ya nadie se acordaba de él.

Esa misma tarde, Heli, el nuevo alcalde, había convocado a los habitantes del pueblo en edad escolar para una charla, que se iba a celebrar en el salón de actos de la escuela municipal. La asistencia era obligatoria. Antes de que tomase la palabra, un antiguo concejal de dudoso gusto, que se había ofrecido a hacerle de secretario a cambio de nada, le presentó.

—Juventud de Caujaringa —dijo—, doncellas y donceles, pécoras y bastardos, vosotros que personificáis el futuro de estas tierras. He aquí el hombre que os ha salvado de la desdicha donde las fuerzas represoras y la sinrazón os habían colocado. Quien os ha rescatado de las garras de la intolerancia y la mezquindad. Os pido un fuerte aplauso para vuestro nuevo alcalde: Heliogábalo Ternadas.

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