Ternadas (XXIII)

Después de tres días, a los cinco que habíamos tomado el cuartel, nos soltaron, pero no a mi padre, los otros concejales, los asesores o los maestros. Cuando salimos a la calle, esos bobos que eran mis compañeros se pusieron a festejarlo.

—Vamos a tomar una copa —decían—. Vamos antes de ir a ver a Heli.

Yo no daba crédito a lo que escuchaba.

—No os dais cuenta —dije—. Pensáis que ahora va a nombraros concejales.

—Pues claro —dijo Petiche—. Es lo que prometió.

No tardaron mucho en enterarse de que en los bares sólo servían bebidas sin alcohol, que Heli no quería saber nada de ellos y que lo mejor que podían hacer era marcharse del pueblo. Imagino cómo se quedaron al enterarse. Casi como yo. Y digo casi porque, mientras me dirigía a ver a mi madre, pasé junto a la lechería y me crucé con ella. Llevaba el pelo recogido y envuelto en un pañuelo de color gris, los labios pintados sólo en las comisuras, un piercing de aro a la mitad del cuello y unas ojeras auténticas que no intentaba disimular. Levantó la barbilla al verme y me saludó como si fuéramos viejos conocidos. Yo sólo levanté las cejas, para que viera que la conocía, pero no me detuve. Un instante después, una piedra no muy grande me golpeó en la espalda. Me di la vuelta. Ella se escabulló por una esquina y tuve el impulso de ir tras ella. Doblé la esquina y no la vi. Seguí avanzando. En la otra esquina la pude ver corriendo. Me arranqué tras ella y la perseguí durante un buen rato. Al llegar a la calle Segismundo de Lancourt, ahora Petrarca, seguí hasta el final, hasta la tapia del huerto de su casa, y ahí me detuve. Miré a ambos lados y no vi a nadie. Entonces, ella abrió la reja y sacó su mano, haciéndome señas de que entrase. Obedecí y ella cerró sin apenas darme tiempo a pasar.

—¿Qué quiere de mí la primera dama? —dije.

—No me llames así —dijo Apolonia—. Ven.

Me llevó serpenteando por entre los limoneros, cargados de limones aún verdes, y sólo de imaginar su sabor ácido se me escapó un respingo. Se detuvo al pie del árbol más antiguo del huerto: el manzano. Daba unas manzanas no muy grandes, pero sabrosas, con la piel a pinceladas que iban del amarillo al rojo intenso. Estaba cargado de frutos, aún por madurar. Un pequeño escalofrío me recorrió la espalda, pero disimulé.

—¿Te acuerdas? —dijo ella.

—Pues claro.

—Vamos.

—Espera. No pretenderás subir, ¿eh?

—Vamos. No seas vago.

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