Ternadas (XXIV)

Empezó a trepar por el tronco hasta situarse en la rama de más a la izquierda.

—No sigas —dije. Y empecé a trepar. Ella no me hizo caso—. No subas más. La rama es fuerte, pero tú ya no tienes diez años.

Ella se sentó en la rama, para mi gusto demasiado cerca del extremo. En cualquier momento iba a hacer “crack” y Apolonia terminaría con el culo en tierra, manchándose los vaqueros.

—Ven —dijo ella—, siéntate aquí. Como cuando éramos pequeños.

Me senté cerca de ella, en la misma rama, pero no donde ella quería. No paraba de acomodarse, y yo casi escuchaba el “crack”.

—Heli está loco —me dijo—. Si supieras cómo me trata cuando estamos los dos solos…  No me deja hacer nada. Sólo me pregunta y me pregunta, a ver si me he estudiado ese libro odioso. No me deja hablar con nadie. Dice que la gente está contaminada. Sólo piensa en él. Cuando le cuento algo que me interesa o algo que me ha pasado, pone cara de aburrimiento. No sé qué hacer. Estoy muy nerviosa.

—Y ¿qué quieres que haga yo? Ya has visto cómo me trata. Acabo de salir de la cárcel. Tres días, ¿sabes? Tres días aguantando injusticias. Así es como me agradece la lealtad que le tenía, mi esfuerzo, mi dedicación a esta estúpida causa. No sé si la causa es estúpida o no, pero esto no me gusta nada. No es como me había imaginado. Yo quería justicia, pero no tenía por qué tratarnos así a nosotros, a sus compañeros.

Apolonia me tomó la mano.

—Tampoco sé qué hacemos hablando —le dije—. Si se entera, estoy muerto.

—Bésame.

Me daba miedo besarla por dos motivos: por si Heli aparecía de pronto y nos sorprendía, y por si la rama se partía en dos y caíamos. Debíamos estar a tres metros del suelo.

—Bésame, venga —dijo.

—No. Cuando bajemos.

Terminé durmiendo en el huerto de Apolonia. Sus padres estaban de viaje, y el mío no me dejaba entrar en casa, por haberla utilizado para tramar el plan de asalto al cuartel, mientras él y mi madre estaban fuera. Apolonia me prestó un saco de dormir de su hermano, me trajo comida y se aseguró de que Heli no rondara por allí. Me dijo que él preguntaba por mí todos los días. Yo sabía para qué me buscaba: para que tomase nota de sus hazañas. Pero ya no me apetecía.

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