Ternadas (XXV)

Teníamos que conseguir un vehículo como fuera. Apolonia no sabía conducir y yo no quería que me viesen en el pueblo, así que telefoneé a Bentel, el hijo del panadero, que era muy amigo mío, y le pedí que tomase prestada la furgoneta de su padre. Me costó mucho convencerle, pero al final aceptó llevarnos. La furgoneta era perfecta, porque tenía las ventanillas laterales y traseras tapadas, de forma que no se podía ver lo que transportaba. Pasó a recogernos una tarde, a eso de las cinco, cuando todo el pueblo estaba festejando la proclamación de emancipación de los menores de edad, que desde ese día no serían tutelados por sus padres, sino por la autoridad municipal. Aparcó junto a la tapia del huerto, abrió las puertas traseras y entramos Apolonia y yo. Yo llevaba la cabeza cubierta por una gorra que encontré en el huerto. Habíamos hecho dos maletas con algo de ropa, de ella y de su hermano. El interior de la furgoneta estaba muy sucio, pero no era el momento de quejarse, así que nos abrazamos mientras Bentel arrancaba la furgoneta y se desplazaba por las calles.

Veinte minutos después, la furgoneta se detuvo. Como la parada no estaba prevista, Apolonia empezó a ponerse nerviosa, a mordisquearse la uña del pulgar y a hablar rápido. Yo no paraba de repetirle que tuviera paciencia, porque confiaba en Bentel. En eso, la furgoneta arrancó, muy despacio, recorrió unos metros, aparcó y el motor volvió a detenerse. Escuché cerrarse una puerta y deduje que estábamos en un garaje. Aquello no me gustó. Imaginé que Bentel nos había traicionado, nos había encerrado en el garaje de su padre y ahora iba a avisar para que nos detuviesen. Le dije a Apolonia que estuviera tranquila, pero que teníamos que salir de allí. No conseguimos abrir las puertas traseras de la furgoneta., así que me tocó romper un panel que separaba el habitáculo de carga de los asientos delanteros para poder alcanzarlos. Al abrir la puerta del conductor, empezó a sonar la alarma a todo volumen, lo que significaba que teníamos el tiempo contado para abandonar aquel sitio, que efectivamente era el garaje de la casa de Bentel. Sólo hubo que accionar el mecanismo de subida de la puerta metálica. Afortunadamente, no había nadie por las calles.

Con la gorra calada hasta las cejas y Apolonia muerta de miedo, bajamos a todo correr por la calle Isabel la Católica, ahora Newton. Las maletas se quedaron en la furgoneta. No hubieran hecho más que entorpecernos la huida. Después de mucho correr por las calles, tuve una idea.

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