Ternadas (XXVII)

Salimos a la calle. Como seguíamos necesitando un vehículo y no quería abusar de la generosidad de Saskia, nos despedimos de ella. Me acerqué al Mondeo granate, que después supe que era del padre de Sisley, y conseguí abrir la puerta con un fleje de acero que encontré en un rincón de la peluquería. Abrí la puerta del copiloto para que entrase Apolonia y me entretuve en hacerle el puente al coche. Segundos después, arrancó. Enfilé calle arriba, hasta el cruce, y salí a escape por la carretera comarcal en dirección a Bustelo.

Llegamos a Bustelo al atardecer. Fue idea de Apolonia lo de ir allí, y bien mirado, era el lugar perfecto para re-organizarnos tranquilamente, sin presión, sin tener que escondernos como comadrejas. Allí ninguno teníamos familia, ni amigos, ni conocidos, así que, nada más vimos el pueblo, a lo lejos, nos empezamos a sentir aliviados, por primera vez en mucho tiempo. Para que no nos vieran con un coche robado, nos deshicimos de él a las afueras, y después entramos caminando, como turistas. Me imaginé que encontraríamos alguna pensión en el centro. Cuando estábamos llegando a la colegiata de San Bernabé, Apolonia se puso muy nerviosa.

—¿Qué ocurre? —dije.

—Tenemos que escondernos. Acabo de ver el coche de Heli. Entra, corre.

Entramos en la colegiata. Atravesamos la nave central. Había un grupo de gente que venía en nuestra dirección. Heli no tenía coche, pero daba igual, porque estaba allí, capitaneando aquel grupo de gente. Nos ocultamos tras un confesionario colocado de espaldas a una columna. Escuchábamos los pasos, las voces, resonando por toda la nave. No podía ser Heli, mi obsesión me estaba jugando una mala pasada. Vi la expresión en la cara de Apolonia y me di cuenta de que pensaba lo mismo. ¿Es que estaba en todas partes? Yo no daba crédito. Cabía la posibilidad de que no fuera él, pero no quise arriesgarme. Agarré la mano de Apolonia y nos situamos detrás de la columna. Cuando el grupo pasaba a la altura del confesionario, ella me hizo una seña y nos dirigimos, sin hacer ruido, hacia el fondo de la nave lateral, resguardados por las columnas. Al pasar a la altura del altar, vimos al párroco hojeando un misal. Disimulamos. Seguimos avanzando hacia el ábside y encontramos una puerta. Comprobé que estaba abierta y entramos a la sacristía.

Había una mesa grande de mármol color salmón con patas de madera talladas en forma de hojas, un espejo, un arcón enorme y un armario de madera lacada. Varias prendas del cura estaban colocadas por separado, sobre la mesa, listas para ser usadas. Yo sólo buscaba una ventana, o una puerta lateral, para salir de allí, pero las ventanas estaban a dos palmos del techo.

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2 thoughts on “Ternadas (XXVII)

  1. A mí también me tienes de paranoico, ya. ¿En qué momento se convirtió esta historia en una distopia llena de horror?

    Ahora que, en otro tema, veo que las relaciones de dos (hombre-mujer) contra el mundo o para lidiar con sus propios deseos es algo común en tus textos (Asunto de bragas y doble nudo). ¡Y yo que creí que no tenías leitmotivs en común conmigo! Resulta que sí lo tienes 😛

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