Ternadas (XXVIII)

Empecé a calcular la forma de trepar hasta ellas.  Entonces, Apolonia apretó mi hombro derecho y dijo:

—Viene alguien.

Sin pensarlo dos veces, nos metimos en el armario. Estaba lleno de ropas de cura con un olor mezcla de incienso y naftalina. A Apolonia le entraron ganas de vomitar. Le tapé la boca. Nos sentamos en el suelo del armario. Tiré de la ropa que había en las perchas y cubrí nuestros cuerpos con ella. Aquellos hombres entraron en la sacristía dando voces. Eran como veinte. La voz del líder era la de Heli, ya no había duda. Alguien descorchó una botella y se escuchó el tintineo de las copas. Brindaron por algo que no entendí. Después, el párroco abrió la puerta del armario y tomó una prenda.

—¿Qué es todo este desastre? —dijo.

Se puso a quejarse de un tal Eufrasio, que después supe que era el sacristán, echándole la culpa del montón de ropa que nos camuflaba. Después, entrecerró la puerta del armario y volvió con el grupo.

Ahora, Heli estaba dándoles una charla. Les felicitaba. El párroco estaba contento. Mi padre, antiguo edil y después alcalde, también estaba contento. Los tres adolescentes insurrectos, Alfageme, Siñero y Valles, también estaban contentos, en lugar de muertos, brindando con el párroco. Hasta ese momento, yo me había resistido a creer que mi padre les había pagado por sus servicios, con fondos de dudoso origen que le llegaban desde Brasil, tal y como me contó estando en el calabozo. También me había negado a creer lo que me contó Apolonia el día que se empeñó en que subiéramos al manzano, como cuando éramos niños: que Heli había sido contratado por los directivos de la planta de tratamiento de residuos, que tenía previsto abandonar el pueblo para acaudillar otra revolución al noroeste de Dragones. Mientras pensaba en todo esto, tirado en el fondo del armario, la Guardia Rural de Caujaringa, con numerosos refuerzos procedentes de Pirarcas, estaba sometiendo a la población, restaurando el buen y viejo orden, haciendo a la gente “entrar en razón”, como ellos lo llamaban, a punta de fusil. Entonces, Apolonia empezó a gritar. Se arrancó a soltar chillidos como una loca. No eran palabras, sólo gritos ensordecedores que mi mano se veía incapaz de contener. Para acabarlo de arreglar, dio una patada al aire, con tan mala fortuna que abrió de par en par las puertas del armario. No entendí la reacción de Apolonia, pero algo era seguro: tenía que improvisar. Me sacudí de encima una vieja sotana con olor a viejo, salí del armario y avancé hasta donde estaban los reunidos.

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