Ternadas (y XXX)

No seguí la desviación que lleva hasta el pueblo. Aceleré y continué quemando kilómetros, rumbo a Pirarcas. Llegué a la ciudad ya de noche, como a las once. Me deshice del coche, de una vez por siempre, en una calle oscura de las afueras. Caminé sin prisa y sin rumbo. Contemplé mi nuevo aspecto en la luna de un escaparate. Me gustó. Una chica en tanga y con tacones, acurrucada en una rebeca de punto, me empezó a seguir, proponiendo a cada rato que nos acostásemos juntos. Tres calles más adelante apareció un sujeto con barba espesa y un tic en el ojo que insistía en venderme un gramo de ayahuasca, a un precio de auténtica estafa. Saqué un billete del sobre que me había dado Heli y se lo compré. Se lo di a la chica de los tacones. Dejó de seguirme. Dejó de gustarme mi aspecto. No traía más que problemas.

Al cabo de una hora me empecé a sentir mejor. Llegué a una plaza con un parque bastante grande y lo atravesé. Escuché a lo lejos la inconfundible sirena que utilizan como reclamo las atracciones de feria. Al salir del parque vi la noria, iluminada como para ganar un premio, girando lentamente, con las parejas abrazadas esperando llegar a la cima del recorrido para gritar y hacerse fotos con el móvil. El viento me traía el aroma del algodón de azúcar, ese olor penetrante que me recordó mi infancia y alguna que otra pelea multitudinaria. Compré un paquete de almendras garrapiñadas. Estaban deliciosas.

Me detuve delante de un teatrito de madera donde un par de títeres peleaban entre sí. Me acerqué. Uno iba vestido de guardia, con una enorme porra, y el otro iba vestido de revolucionario, con una boina roja. El guardia iba ganando, pero en un movimiento inesperado, además de poco creíble, cayó abatido por los puñetazos del boina roja. El público, en su mayoría adolescentes, aplaudía a rabiar y gritaba “Dale, dale”, mientras el guardia seguía en el suelo recibiendo golpes de trapo de su rival. Me terminé el paquete de garrapiñadas. Fui a tirar el plástico en una papelera que había detrás de la caseta de títeres. Desde allí podía ver, por el hueco que dejaban las cortinas, al sujeto que manejaba las marionetas. Estaba de espaldas, arrodillado en su pantalón gris, con un muñeco en cada mano, la camisa blanca arremangada y el cogote poblado de pelos negros. Tiré el plástico en la papelera. Cayó sobre una copia del Gran Libro, con la portada rasgada y manchas de helado de chocolate. Atravesé la feria, crucé la calle. Busqué un bar donde tomarme una cerveza.

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11 thoughts on “Ternadas (y XXX)

  1. Me encantó el nivel que alcanzaste con este cuento. Al parecer, entre mayor es el espacio que tienes para explayar tus ideas, mejor expuestas quedan. Ya me viene quedando claro.
    La verdad es que esa ultima linea – Busqué un bar donde tomarme una cerveza – me ha parecido de tal fastidio, de tal resignación y cansancio, y eso que sólo has dicho que buscaba una cerveza – pero en contexto, es evadirse, o hartarse, o al menos no querer pensar por un rato -. Me gusta mucho la psicología que imprimes en detalles tan mínimos.
    Un gusto poder leerla al fin completa.

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