Balonazo (III)

Aún está allí dentro, el pobre, le quedan varios años. Solo llegué a hablar con él una vez. Me dijo:

—Dos cosas tengo claras. Una: en esta vida hay que tener un oficio, el que sea; y dos: ese oficio tiene que combinar lo que te gusta con lo que se te da bien. No tiene por qué ser un oficio tradicional, como carpintero o zapatero. Los deportistas de élite se ganan la vida jugando a su juego favorito; los comerciales, los banqueros, los empresarios y los políticos, engañando a la gente; los mafiosos y los traficantes, extorsionando. Les gusta y se les da bien. Por eso me hice chulo, y ahora estoy aprendiendo a extorsionar. Es muy fácil. Consiste en meterle miedo a la gente. Por supuesto, nunca se llega a apretar el gatillo, o quizá sí, pero tus víctimas no pueden saberlo. Esta duda es la que hay que transmitir para meter miedo.

Yo tenía claro que mala hierba no cría musgo, y que ese negocio no era para mí, pero Grinda insistía, porque era terca hasta la célula. Se salía de madre. Siempre estaba echando los caballos al fuego, y cuando ya no tenía nada para tirarme a la cabeza, me agarraba por la pechera y me echaba a la calle. Por eso estaba siempre fuera de casa. El sitio donde más iba era la tienda de Pericles. No sé por qué le llaman Pericles, ni qué significa, pero ahí está. La cosa es que el ambiente de una tienda donde venden enchufes, bombillas, lámparas, estufas y cuerda de tender, en un barrio como el mío, es tan aburrido como parece y más, aunque Pericles tiene paciencia de sobra. Tanta paciencia como calva o patillas.

Aun con todo, era peor estar en la calle. No podía acercarme al bar sin que me viera esa gañana de la Julia, que dice ser amiga de mi mujer, así que daba la vuelta, circuncidando toda la manzana, y me apalancaba en la tienda de Pericles, con el brazo vendado, a verle despachar bombillas, cacharros de esos para que no te piquen los mosquitos —porque era agosto—, y todas aquellas cajas de bridas de plástico que vendía sin parar. Al quinto día de baja, más o menos, a Pericles le entró la risa nada más verme llegar, como cada tarde, a eso de las cinco.

—No te lo vas a creer —dice—. Hoy vienen unos amigos aquí, al almacén. A rodar una película.

La trastienda de Pericles era grande, pero no como para llamarla “el almacén”.

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9 thoughts on “Balonazo (III)

  1. Y de repente, Pericles… Al menos le rinde tributo al nombre del siglo de Oro griego… La paciencia es la madre de todas las virtudes, reza al dicho. Un abrazo! Aquileana 😀

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