Balonazo (IV)

—¿Ah, sí? —digo―. Conque una película.

—Una película porno.

—¿Qué?

—Porno, chaval. Va a ser la bomba.

—Podremos cotillear, supongo.

—Hombre, claro. Este sitio es mío.

Iba a preguntarle a qué hora llegaban, pero entró una señora a comprar un tubo de silicona para no recuerdo qué cochinada. En cuanto la mujer metió la silicona en el bolso y salió por la puerta, sólo tuve que mirar a Pericles para que me contestara:

—En media hora los tenemos aquí.

—¿Qué vas a hacer cuando empiecen a rodar, cerrar la tienda?

—De eso nada. Aquí se cierra a las ocho como todos los días.

—Pero si te quedas aquí te perderás la película.

—¿Cómo que quedarme aquí? No te pienses que vas a entrar ahí tú solo mientras yo me quedo de plantón y currando.

—Pues explicítate.

—Nos turnaremos.

—¿Que despache yo? Vale, si te fías de mí…

—Hoy no vendrá casi nadie, hay fútbol. Lo mismo tienes suerte y no entra nadie mientras estás tú. Haremos media hora cada uno, ¿te parece?

—Ea.

Los del cine entraron por la puerta de atrás. Un tipo con gafas de pasta dijo que nos avisaría cuando todo estuviese listo. No entró ningún cliente mientras esperábamos. Una hora, más o menos. El Pericles me enseñó un tatuaje que le estaban haciendo en los riñones. Lo que llevaba bajo la piel valía por lo menos seiscientos pavos, y aún faltaba la mitad. Cuando el de las gafas de pasta se asomó para decir que iban a empezar, llegaba al mostrador una vieja con un caniche sucio. Me tocaba entrar primero, así que dejé a Pericles que se encargara de la vieja.

El almacén estaba iluminado en color ocre. Los amigos de Pericles eran cinco o seis, pero lo que está claro es que allí había tres jamelgas con camisetas de tirantes. La primera era una mujer de esas que el ochenta por ciento de lo que ves son pechos; la segunda, otra mujer con los pechos del mismo tamaño que el trasero, que no era pequeño; y para postre, una mujer que cada uno de sus pechos era más grande que su cabeza o que la mía. Creo que he dicho todo lo que se puede decir sobre la cantidad de carne que había allí dentro, aparte de un sofá de cuero rojo. Ellas sonreían y yo las miraba con disimulo. Me acordé de mi mujer, pero no estaba pasando nada malo. Mirar bellezas no es ofender. Y qué bellezas…

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