Balonazo (V)

Aquello era nuevo para mí. Me daba vergüenza que se notara. Porque algo se tuvo que notar cuando aquellas empezaron a quitarse las camisetas, luego las sandalias, el pantalón. Madre mía. Aquello superaba todo lo que podía esperar de una tarde aburrida en la tienda de lámparas y enchufes. Era un espectáculo de los que te dejan mudo, paralizado. Aún me molestaba el brazo, por no hablar del chichón que me había hecho Grinda al mediodía, tirándome una de sus botas. El tacón me acertó un poco más arriba de la sien. Me empezó a doler luego, al comer, al masticar por ese lado. Aquellas tipas, ya sólo con el tanga, hacían posturas en el sofá. Yo calculaba lo que haría con todo aquel montón de carne, y ya debía llevar, por lo menos, quince minutos en el almacén. Los siguientes quince pasaron aún más deprisa, hasta que llegó el momento de relevar a Pericles.

La primera vez que entró Pericles a ver el rodaje no tuve que atender ningún cliente. La segunda, vino una mujer con pinta de vivir en la calle, y empezó a darle a la lengua sin parar. Yo no podía echarla de una tienda que no era mía, pero tampoco quería que se quedara, así que me hice el loco. Ni caso, durante diez minutos. Impedí que se llevara un juego de llaves Allen. Antes de escupir y marcharse, me miró a los ojos y dijo:

—Te van a atropellar.

Seguro, me iban a atropellar. Sus ganas me iban a atropellar. Tuve miedo a los perros hasta que conocí a mi mujer, pero nunca me he tomado en serio una maldición.

La tercera vez que entré a la trastienda no quedaban chicas. El paquete de pechos había volado, y los amigos de Pericles estaban muy ocupados recogiendo cables, sin decir ni pío. No quería interrumpirles, pero allí estaba aquel tipo arrastrando por los pies a una de las bellezas de antes, que tenía los ojos cerrados. Empecé a sudar. Ella, en cambio, no tenía ni gota de sudor. Estaba empezando a ponerme nervioso.  Uno de aquellos le dijo a otro:

—Esa no te cabe en el maletero.

—Pues llamamos un taxi —dijo el otro.

Uno de más allá se reía por lo bajo. Parecía como si no me vieran, así que decidí largarme, coger la puerta sin que se diesen cuenta. Pero, cuando estaba a punto de abrirla, el de la risa dijo:

—Espera.

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