Balonazo (VIII)

—Yo tengo los ahorros en un fondo de inmersión, nada de productos de renta pija y renta cambiable.

—Yo también, pero me han practicado una detención del diecinueve por ciento.

—Mi hija, en la primera devaluación suspendió todas, y en la segunda, cuatro.

—¿A ti se te forman pelusas en el ombligo?

—Al Cachimbi lo recibieron el otro día en olor de multitudes, en el aeropuerto.

El Cachimbi es un cantante de fados. Pensé que tenía que ponerme al día, por si me había perdido algo mientras estaba de baja.

—¿Qué tal el nuevo delegado sindical? —dije.

—Todavía no ha habido transfusión de poderes —dijo el Abuelo.

—¿Y Marco?

—Suspendido de empleo y sueldo. Se ha separado. Su mujer llegó a hablar de ocaso sexual. Pero no echemos toda la carne al asador, todavía.

—Será de acoso.

—Sí, eso.

—A ella no sé si le pegaba, pero al frasco…

—No mezcles chufas con meninas, hombre.

—Pues yo por él pondría el dedo en la llaga. Vamos, que me fío de él.

—Como me toque al lado el Ewok le pienso tirar todas las virutas que encuentre barriendo.

—Si viene la que apunta, verás.

—Me escuendo detrás de la máquina y no me ve.

—Vámonos, que ya son casi las dos.

—Espera que compre una botella de agua. Hay que beber mucha agua, que están muriendo niños en África.

Aquella tarde, la máquina de las mesas ovaladas se estropeaba cada dos por tres. A mí me tocaba avisar a González, el encargado con cara de policía, mientras el compañero que se ocupaba de la máquina sacaba las piezas que se habían quedado pegadas al molde. Le molestó que entrara en la garita tantas veces para avisarle y me empezó a gritar que yo era un inútil, y no sé qué cantidad de barbaridades. Esas cosas nunca me han gustado, pero esa vez me gustaron todavía menos. Iba arrastrando con la transpaleta un palé de mesas ovaladas, bastante torcido, y cuando pasé junto a la máquina de las sillas, donde estaba el Abuelo, le dije:

—No aguanto a González.

El Abuelo juntó las cejas.

—¿Ese? —dijo—. No le hagas ni puto caso, hombre. Es un desgraciado.

—Ya lo sé, pero quiero darle una paliza.

—Pues ya que lo haces, por lo menos atízale fuerte.

—No, hombre, a mí me conoce. Quiero pagar a unos tipos para que le den la paliza de su vida.

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