Balonazo (IX)

—Ah, ¿sí? ¿Quién es esa gente?

—Estoy buscando quien lo haga.

—Ah, bueno. ¿Quieres unas olivas? Toma.

—¿Estás loco? No como de eso. No sabes lo que sufren los olivos cada vez que los apalean para quitarles sus frutos.

—Qué exagerado eres.

Un rato después, volví a llevarme otro palé de mesas ovaladas color verde mate, más torcido que el anterior. Al pasar junto al Abuelo, me soltó:

—¿Sabes hacer esto? Mira. Intenta darme la mano.

—Otro de tus trucos.

—Inténtalo.

Acerqué mi mano a la suya. Cuando estaba cerca, hizo un movimiento por sorpresa y puso la suya al revés, giró mi mano hacia arriba y la empujó hacia atrás, sujetándome el antebrazo con su otra mano. Dolía tanto que me hizo doblar la rodilla y apoyarla en el suelo.

—¿Te rindes? —dijo el Abuelo.

—Sí, suelta.

Me soltó la mano.

—Esa llave funciona de maravilla —dijo—. Yo conozco gente que hace eso que tú quieres.

—¿Hacer el qué?

—Pues eso, dar palizas por dinero.

—¿Sí? Tienes que contármelo.

—Pero tú, de esto, no digas nada, ¿eh?

—Ya me conoces. No hablo ni para comer.

—Espérame al salir, en el aparcamiento.

El Abuelo tenía una taquilla en los vestuarios que compartía con su yerno, el electro-mecánico, y en verano se duchaba cada vez que salía de trabajar, antes de subir al coche. Su yerno era su enchufe. Estuve esperando al Abuelo durante un buen rato. Pensé que se estaría frotando los sobacos con una piedra pómez. O posando frente al espejo con los músculos en tensión. El Abuelo estaba orgulloso de su pecho y sus brazos. Después de veinticinco minutos apareció por fin, todo acicalado.

—Sígueme con tu coche —dijo—. Es al lado de mi casa.

Vivía muy cerca del puerto, en unas viviendas de protección oficial tan feas que supongo que la protección oficial será para el arquitecto que las construyó, porque si lo agarran por la calle, lo matan. Le seguí hasta un bar cochambroso donde sólo había cuatro personas aparte del dueño, plantado al otro lado de la barra, un grandullón silencioso de esos que, de cuando en cuando, te miran de reojo. Cuando entramos estaba sonando “Todo mi reiki esté con vosotros”, de los Costeros de la Sueña. El Abuelo me presentó a aquellos tipos, los cuatro con muy mala cara. Pedimos cerveza, y como hacía calor, en media hora habíamos apurado un litro cada uno. Aquella era la clase de gente con la que uno que fuera inteligente nunca jugaría. Me refiero a que nunca les tocaría las pelotas. Nunca. Uno de ellos, con una cicatriz en los nudillos, le hizo quitar al dueño “Todo mi reiki esté con vosotros”. En su lugar sonó “Increíble descuento”, de Atigra, a dúo con el Cachimbi.

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4 thoughts on “Balonazo (IX)

  1. “Vivía muy cerca del puerto, en unas viviendas de protección oficial tan feas que supongo que la protección oficial será para el arquitecto que las construyó, porque si lo agarran por la calle, lo matan.”

    Me hiciste el día con la risotada que solté luego de leer esa frase. Buenísima.

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