Balonazo (XI)

—Has bebido.

—Muy bien. Mañana a las ocho en punto en la puerta de tu casa, con el bardeo afilado. Tobías acaba de venderme una escopeta por cien pavos, ¿quieres verla?

—Esconde eso.

—Entonces nos vemos mañana. No te duermas.

Se puso a cantar un himno revolucionario de esos. Alimenté su máquina con tres sacos de material. Luego, regresé donde la compañeras con otro palé de mesas ovaladas verde oscuro. La de la nariz larga me dijo:

—¿Quieres un trozo de sándwich vegetal?

—¿Estás loca? Tú eres de esos vegetarianos maltratadores de plantas que no les importa que corten las espigas de trigo, que no sienten nada al cortar la lechuga para hacer ensalada. Qué poca humanidad tienes. ¿Te gustaría que te lo hicieran a ti? ¿Eh? ¿Te gustaría que te cortaran las piernas con una guadaña?

Me acerqué donde la más gordita. Recuerdo que la imagen de González, el encargado odioso con cara de policía, me pasó por la cabeza. Otra vez aquella voz. Sin explicarme cómo, le dije:

—He encontrado uno.

—¿Un qué?

—Un stripper. Pero el caradura pide treinta pavos.

—¿Treinta pavos? De acuerdo.

Se puso a gritar como si vendiera pescado:

—Nenas, venid. Dadme diez pavos cada una, que este ha encontrado un stripper.

Aquellas buscaron en sus mochilas. La gordita juntó la pasta de las tres y me la entregó diciendo:

—Tráetelo y lo subes a ese montón de palés para que vaya empezando.

—A la orden.

Me marché. Al rato entré por la puerta del fondo, me subí al montón de palés y empecé a menear las caderas mientras me toqueteaba el torso y la entrepierna. Ellas dejaron de trabajar y me miraron. Entonces me quité la camiseta sudada y manchada de grasa de la máquina, muy despacio, y se la tiré a la morena en toda la cara. Aquello podía haber resultado gracioso, pero la morena no se reía. Estaba como asustada. En cuestión de minutos, empezó a juntarse gente allí, compañeros que dejaban sus máquinas sin atender sólo por verme, arriesgándose a una reprimenda de campeonato, a un descuento en el sueldo de cien pavos, incluso a una propuesta de despido. Media fábrica estaba delante de mí, allá al fondo, y seguían asomándose compañeros por la puerta de la nave. Y yo sobre los palés, quitándome la ropa.

Había conseguido quitarme las botas y casi el pantalón. Entonces, apareció González, se puso a gritar mientras se abría paso a codazos y trataba de llegar hasta donde estaba yo, y cuando estaba a menos de dos metros recibió un pedazo de golpe en toda la frente con una de mis botas, y porque puso las manos para cubrirse la cara, que si no le da en toda la boca, como se merecía. Total, que se montó un mare nostrum que no te quiero ni contar, y al rato estaban allí los de Seguridad sacándome por los brazos. Me arrastraron por todo el aparcamiento y me echaron sobre la gravilla que había a la salida de la fábrica, donde giraban los camiones, y me quedé allí tumbado en el polvo un buen rato, pensando qué había hecho.

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