Balonazo (XII)

Me imagino que los jefes no tuvieron que pensarse mucho mi despido. Lo de Grinda fue peor. Cuando le conté que me habían despedido, hizo como que no pasaba nada, y a mí me extrañó mucho que se lo tomara así de bien, que fuera tan comprensiva. Pero esa noche, estando dormido, me dio una patada en la espalda y me tiró de la cama. Cuando todavía no había tenido tiempo de reaccionar, ella se había levantado, había circuncidado la cama y estaba delante de mí con sus pantuflas color rosa, y menos mal que las llevaba, en lugar de sus botas de tacón cuadrado, porque lo único que se le ocurrió fue patearme la cara, con tanta saña que por un momento pensé que me dejaba ciego. El ojo derecho me quedó del color de las berenjenas, y la parte de arriba de la nariz me dolía tanto que no podía ponerme gafas de sol para taparme el ojo.

El caso es que, despedido y todo, me correspondía cobrar tres meses del Seguro Social, así que no nos íbamos a quedar sin dinero así, de golpe. Pero a Grinda se le pasó por la cabeza que aquel condenado trabajo de la fábrica era algo seguro, cuando no lo era, y algo decente, cuando tampoco lo era. Por eso le sentó tan mal que le dijera que me habían despedido. Empezó a decir que nunca encontraría un trabajo como aquel, cuando aquel lo había encontrado yo solo. La idea de verme en casa tampoco le alegró mucho que digamos, porque desde que estuve de baja ya no podía verme sin que discutiéramos.

El día siguiente empezó mal. Me levanté tarde, como a las once, para asegurarme de que Grinda estaba fuera de casa, comprando. Me preparé un café y salí al balcón. Era agradable estar allí, apoyado en la barandilla, mirando pasar los coches, la gente, en lugar de estar en la fábrica, aguantando al encargado, escapando de aquella pedorra que pasaba revista de limpieza en el área de máquinas, esquivando al Abuelo, esquivando al Ewok, esquivando a Pancho, para que no me intentasen cargar con faenas que les correspondían a ellos. Pancho no se conformaba con el tatuaje del puñal. Llevaba siempre en el bolsillo una navaja de tamaño respetable, y decía que era por si se encontraba con ella, refiriéndose a su ex mujer. Claro que, en la fábrica, aquella navaja no tenía ningún sentido, porque todos llevábamos un cúter, y porque era imposible que su ex mujer apareciese por aquella nave mugrienta para saludarle.

Anuncios

4 thoughts on “Balonazo (XII)

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s