Balonazo (XIII)

Estando en el balcón vi salir del portal un hombre medio gordo, medio musculoso, no muy alto, con un chándal gris, muy feo él. Porque mi sobrino era feo hasta que le salieron los dientes, pero mi vecino de al lado, que era ese hombre, era feo con ganas. Ahora sé su nombre, Mario, pero entonces no lo sabía. Me lo encontraba de vez en cuando en el ascensor, en el portal, y nos saludábamos sin mucho entusiasmo. Por lo demás, se notaba que no nos caíamos bien. Ni falta que hace. Alguna tarde de domingo tenía que aguantar su radio, porque escuchaba el fútbol a todo volumen, y también algún que otro ruido a deshora, pero no es que fuera un vecino muy molesto. Sobre todo, comparado con los del otro lado. Esos sí que eran escandalosos. Grinda siempre estaba aporreando su pared, pero para el caso que le hacían, se podía haber ahorrado la molestia.

El caso es que mi vecino, el tiparraco del chándal gris, me sorprendió, porque iba arrastrando un niño por los brazos, como si nada, y encima es que el niño iba durmiendo, porque llevaba los ojos cerrados y la boca abierta. Me fijé un poco mejor y vi que el niño llevaba unas marcas en el cuello de color morado, y los ojos del niño también estaban morados, al contrario que la piel de su cara, toda blanca. Entonces, me acordé de mi ojo morado y de las gafas de sol que me tenía que poner para salir a la calle, porque tenía que salir en ese mismo momento, para ver qué era aquello del niño que llevaba el vecino.

Total, que entré en la casa y cerré la puerta del balcón, pero con tan mala suerte que, al llegar a la puerta de la calle, me encontré una avispa. Me di la vuelta, me refugié en el salón y cerré la puerta, para que la avispa no entrara.  Agarré un cojín del sofá, lo primero que se me ocurrió, y abrí la puerta despacio. Fui hasta la puerta y allí estaba ella todavía, sobre la pared, sin moverse. Me acerqué lo suficiente y le di bien fuerte con el cojín, de forma que cayó al suelo, moviendo las patas, luchando por vivir. Me la quedé mirando un instante. Después, levanté el pie derecho y la aplasté.

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