Balonazo (XV)

A la hora de la comida, casi ni nos hablamos. Sólo “dame el pan”, “dame el agua” y poco más. Por la tarde, fuimos al ensayo del coro. Grinda cantaba en un coro que ensayaba en el local de la parroquia del barrio. El repertorio era variado, con canciones populares y esas cosas. Como las voces de hombre escaseaban, ella me empezó a insistir para que me hiciera del coro, y conociéndola, pues no pude negarme. El director del coro era un tipo muy gordo con barba de intelectual. Mi mujer nunca me había dicho que mi voz le gustaba, ni nada de eso, pero aquel hombre, que parece ser que entendía de música, me dijo el primer día que yo tenía voz de tenor, nada menos.

Eso me hizo sentir bien. Después, este hombre se puso enfermo, y el coro estuvo casi dos meses sin ensayar, hasta la tarde después de mi despido. Me hice un poco de lío en algunas canciones, porque estaba pendiente de la letra y desafinaba. Cuando acabó el ensayo, a eso de las nueve de la noche, el director comentó que al coro le faltaba un hombre. Uno con voz de garífono. Yo dije que preguntaría a mis amigos, pero sólo por decir algo.

A la mañana siguiente, volví a salir de la cama en cuanto Grinda se marchó de casa. Me preparé un café y, cuando estaba a punto de volcarlo en la taza, me sorprendió una vez más mi otra voz, cantando la canción que yo estaba cantando, solo que en otro tono. Estaba empezando a cansarme de esa voz. Pensé que era la que provocaba mis torpezas, en lugar de evitarlas. Le cogí manía. Empecé a imitarla, a burlarme de ella. No puedo decir que lo hacía a escondidas, porque seguro que me escuchaba desde mi cabeza o donde estuviera, pero me daba igual si me oía. ¿Qué podía hacerme, además de seguir dándome órdenes paralizantes? La imité con rencor una y otra vez. Hasta que pasó algo que no me esperaba.

Empecé a desconfiar de la voz. Seguía paralizándome, pero cada vez menos. Hasta me entraba risa. Esto no le hizo ninguna gracia a la voz. Intentó asustarme. De repente, decía palabras que yo no entendía, y no sabía qué hacer. Después, esto me empezó a resbalar cada vez más, y terminé por no hacerle caso. Me empeñé en no hacerle caso nunca más. Cuando vio que no tenía con qué darme miedo, se retiró. Pero ahora le hablaba yo, y no sé si me escuchaba dondequiera que estuviese, pero yo le hablaba.

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