Balonazo (XVII)

—¿Cómo es posible? —dijo—. Estás haciendo dos voces.

—Es que soy ventrílocuo. No profesional, vamos, pero tengo afición.

Grinda, que estaba donde las mujeres, me miraba enfadada. El director seguía hablando:

—Pero es que estás haciendo justo la voz que nos hacía falta, la de barítono.

El coro entero se puso a aplaudir, menos Grinda, que al principio no quería y terminó aplaudiendo como todos. Hasta se le escapó una sonrisa. Cuando llegamos a casa me dijo:

—¿Cómo es que yo nunca te he escuchado hacer el ventrílocuo?

—Es que lo he descubierto hace poco. Uno de la fábrica me explicó cómo se hace y he estado practicando cuando estabas fuera.

—Tú ya no sabes qué hacer para llamar la atención.

A la mañana siguiente, me desperté cuando estaba saliendo el sol. Me giré en la cama y vi la espalda de Grinda, con su camisón negro, envuelta en la sábana. No era nada nuevo, pero daba vueltas y vueltas sin parar. Me senté en la cama. Toda la habitación daba vueltas. Fui como pude hasta el cuarto de baño y traté de vomitar, porque pensaba que la cena me había sentado mal, o me había resfriado. Alguna corriente de aire traicionera, o algo de eso. Pero no pude vomitar, por más que lo intenté, y de la fuerza que hice, me acabó doliendo el cuello y la cabeza. Volví como pude hasta la cama, dando tumbos. Sólo me encontraba bien acostado.

Le dije a Grinda que me encontraba mal. Ella me dio la razón de mala gana y siguió durmiendo. Dos horas después, se levantó y se metió en el baño. Cuando salió, yo me había dormido. Me despertó diciendo:

—¿Qué te pasa?

—No me muevas. Me encuentro mal. Todo me da vueltas.

—Sí, claro. La vida da muchas vueltas. Menuda novedad.

Se fue a la cocina. Podía escucharla preparándose el desayuno. Desde allí, me gritó:

—Levántate y no me hagas enfadar.

Apenas pude juntar fuerzas para decir:

—No puedo.

Cuando terminó de desayunar, vino, se sentó a mi lado en la cama, me tocó la frente, me tocó los muslos durante un buen rato, me tiró de la oreja y me mordió el cuello con bastante mala sombra.

—Está bien —dijo—. Estás enfermo. Sólo un idiota como tú se pone enfermo cuando no tiene que ir a trabajar.

—Ah… Ah…

—Sí. Tú siempre llamando la atención.

Empezó a vestirse.

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