Balonazo (XIX)

Cuando me pude acostar, recordé mi entrenamiento de la voz. Ese momento en que le hablé y ella me respondió. No se me olvida. Fue una cosa muy extraña, pero en su momento me gustó. Repitió lo que le había dicho, solo que en otro tono. Ahí sí que me reí del todo. Al día siguiente, después de comer, aprovechando que Grinda estaba en el baño, me fui de casa. No tenía ganas de visitar a Pericles. Me marché caminando hasta la playa, que estaba a un par de horas de mi casa, y allí, de espaldas al viento, me puse a practicar las canciones del coro. Después de dos canciones, la voz empezó a repetir lo que yo cantaba, en su tono de siempre. Pero concentrándome mucho, pude conseguir que esa voz y la mía cantasen a la vez, que es lo que yo quería, y la cosa no quedaba mal.

Seguí con las otras canciones, repetí algunas y me quedé muy satisfecho con el resultado. Ahora no quería violencia, y algo me decía que tenía que renunciar a esa voz. Había demasiada violencia en todas partes. Mi vecino de al lado transportaba cadáveres a plena luz del día, como si nada, y yo no entendía cómo había tenido el valor de enfrentarlo en el portal. Recordaba la escena y me entraba miedo. Empecé a pensar que, a lo mejor, estaba planeando agredirme la próxima vez que me viera. Imaginé que me golpeaba y me asusté más aún. Entonces, llegó Grinda, y me hice el dormido. Se sentó en el borde de la cama, dándome la espalda. Escuché cómo se quitaba los zapatos. Suspiró. Olía bien. Sin darme la vuelta, alargué la mano y le toqué la espalda. La escuché decir:

—Tengamos un hijo.

Junté fuerzas y le dije:

—Estoy enfermo.

Me dio un manotazo en todo el culo. Después, me lanzó los zapatos. Uno me golpeó la espalda y el otro el hombro. Escuché cómo abría la puerta del armario. Empezó a lanzarme más zapatos. Yo no quería violencia, pero no podía evitarla. Un zapato rojo de tacón me golpeó en la cabeza. Sin pensarlo, agarré la lámpara de mi mesilla de noche y la arrojé al suelo. Se terminó la lluvia de zapatos. Grinda se fue llorando a la cocina. Estuve en guardia un buen rato, hasta que me quedé dormido.

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