Balonazo (XXI)

Había un cuarto a mano derecha, nada más entrar. Abrí la puerta y allí estaban todas aquellas niñas bajo los focos en pleno día, con los tubos para reciclar el aire y una peste a estiércol que no veas. Cerré la puerta. Menuda perla era el vecino. ¿Cómo iba a denunciarme, si era un criminal? Seguí buscando algo para llevarme como trofeo. Me sentía muy tranquilo. Pensaba que, si llegaba él en ese momento, le iba a partir la cara. Escuché un ruido de máquina, y a continuación, una voz que gritaba:

—Mario, eres un maldito hijo de la gran amenaza.

Ahí es cuando supe que se llamaba Mario. Me entró risa de aquella voz, pero me aguanté. Seguí andando hacia el salón, muy despacio, sin hacer ruido. La máquina de donde había salido la voz era un contestador automático de cinta, de esos antiguos, que tenía al lado del teléfono fijo. Una antigualla de morirse. Encima de la mesa había un ordenador encendido, con una hoja escrita en la pantalla. Me acerqué para leer lo que decía:

Querida Instancia Suprema

He agotado 41 años de existencia en este planeta caótico. Sin llegar a entender ni jota (así se dice por estos pagos) de lo que se supone que va esto. El mundo y la vida proporcionan momentos hermosos. Pero en términos generales, su diseño y planificación resultan defectuosos. Los principales errores que he constatado se deben a esa imposibilidad de compartir recursos de una forma equitativa sin que alguien decida quedárselos todos para sí y distribuirlos según su conveniencia y sus expectativas de lucro.

Aquí me dicen que soy un idealista, un iluso, un utopista. Lo que me contraría todavía más, puesto que esas cosas en mi planeta son ley de vida. Pero aquí, el factor humano lo impide. Solicito asimismo ser desprovisto cuanto antes del denominado factor humano que adquirí como requisito imprescindible para poblar este mundo. Sé de sobra que renunciar a ese factor que es el que provoca el odio, la envidia y el resentimiento, supone también renunciar al que provoca el amor, el cariño y el orgasmo. Tendré que pasar sin ellos, pero no hay remedio. Lo otro me hace demasiado daño. El noventa por ciento del amor prometido o declarado es falso. Tiene como fin conseguir algún tipo de utilidad de la persona a quien se le declara.

Vamos, no me digas que una persona normal escribe esas cosas. O sea, que el vecino no era solamente un criminal, sino también un filósofo. Un tipo culto, con preparación. Pero como todos los tipos cultos y con preparación, se le había podrido la cabeza con ideas estúpidas. Esa forma de hablar tan podrida hizo que me cayera peor aún. Diez años viviendo en el mismo rellano, con nuestras casas separadas por un tabique de porquería, escuchando hasta sus pedos; viéndonos todas las semanas, o mejor dicho, esquivándonos; apenas un saludo de cortesía. Estaba claro que no nos caíamos bien.

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