Balonazo (XXII)

Ahora lo tenía allí delante, tirado en el sofá, con una camiseta blanca, sin mover un músculo, mirándome sin verme.  Desde el primer momento supe que estaba muerto, pero me dio igual. Pensaba quién sería el tipo que había visto salir del portal, un rato antes, con un chándal gris igual que el suyo. Igual de loco que él, para ponérselo con aquel calor. Me senté en la silla que había delante del ordenador. En eso, entró otro mensaje en el contestador automático. Una voz de tipo duro. Su jefe, supongo:

—Mario, te has pasado de la raya. Ayer no diste señales de vida, y hoy no contestas los mensajes. ¿Se puede saber qué mierda te pasa? Esto ha llegado demasiado lejos, y sabes que no te lo voy a tolerar.

Se me ocurrió escuchar los mensajes del contestador. Me cubrí el dedo con el faldón de la camiseta y pulsé el botón de rebobinar. Cuando la máquina terminó de rebobinar la cinta, le di al play. Sonó una voz de mujer:

—Mario, dijiste que vendrías a comer, como todos los domingos. Ayer era el día de la madre. Te lo dije. Tus sobrinos preguntaron por ti. Daniel no quiso comer, y Ema se puso a llorar. Hermano, eres un malnacido. No puedo creer que me hayas echo esto.

Hacia el final de la cinta escuché un mensaje que me dio curiosidad. El único de todos los que escuché, y debía haber como diez o doce. Otra voz de mujer:

—Amigo, me envía Gertrud, dice que eres de fiar. Tengo un encargo para ti. Ven a verme a cuanto antes al café Turú. Pregunta por Brenda.

Al salir de casa del vecino, me quité la camiseta para limpiar bien la cerradura y las partes de la puerta donde había puesto las manos. Quería ir al café Turú esa noche, pero como no sabía dónde estaba, se me ocurrió preguntar a Pericles. Mientras iba hacia su tienda, me encontré con una cara conocida. No supe quién era hasta que me miró a los ojos. Estaba sentada en el escalón de un portal, hablando sola, y llevaba un perro muy pequeño, un pekinés. Esa mujer, vieja y desastrada, era la que entró en la tienda de Pericles el día de la película. La que intentó llevarse el juego de llaves Allen y después me echó aquella maldición: “Te van a atropellar”. Me dio muy mala espina encontrármela, pero traté de no pensar en ella y seguí adelante.

Anuncios

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s