Balonazo (XXIII)

Cuando entré en la tienda, Pericles no estaba. Detrás del mostrador había una chica de unos veinte años, morena, no muy alta, con una sonrisa enorme, los labios pintados, los ojos pintados y unos dientes de caballo que estaban para comérselos. Tenía una mano apoyada en el mostrador y la otra en la cadera. Un pantalón vaquero cortado por las ingles. Me dio los buenos días y me dieron ganas de gritar, pero me aguanté. Le pregunté por el dueño y me dijo que su tío estaba de baja por accidente.

—Tu tío es Pericles —dije—, ¿no?

—Sí. Está en el hospital. Es que casi lo matan. Le atropelló un coche hace tres días.

—No es posible.

—Fue aquí cerca. Dice que le echó una maldición una mujer que entró a robar.

—¿Cómo era esa mujer?

—No lo sé.

—¿Era una vieja con el pelo gris, gafas un poco oscuras y una trompeta de plástico colgando a la espalda?

—No sé.

—Tengo que hablar con tu tío. Dime el hospital y el número de habitación.

—Ahora mismo no te sé decir.

—Pues llama a tu madre y que te lo diga. Es importante.

La chica bombón hizo una llamada. Me acordé del día de la película, en la trastienda, con todas aquellas bellezas desnudas haciendo poses en el sofá. Me acordé y me empezaron a entrar los calores.

—Está en el Valdivieso —dijo la chica—. Habitación cuatrocientos quince.

Me fui corriendo al hospital Eugenio Valdivieso. Cuando me cansé de andar, cogí un taxi. El taxista era de esos que te cuentan su vida, así que casi la tenemos, porque me dio por llevarle la contraria. Le critiqué por todo lo que me contaba. Estaba de uñas.

Llegué al hospital. Hablé con una de las tres recepcionistas, una rubia muy flaca, con las uñas largas, pintadas de azul, y unas gafas de montura blanca que podían verse a un kilómetro. Le conté que era amigo de Pericles; que no sabía su apellido, pero que no por eso dejaba de ser muy amigo suyo; que sabía que estaba ingresado en la cuatrocientos quince; y que necesitaba verlo, porque era una cuestión de vida o muerte. Ella, que apenas me miró mientras le estaba hablando, consultó una hoja que tenía allí debajo, en el escritorio, total para señalar luego con el dedo hacia el lugar donde estaban las escaleras y los ascensores.

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