Balonazo (XXIV)

En la habitación de Pericles no se podía entrar. Había tal cantidad de familiares y amigos visitándole que no pude ni abrir la puerta. Esperé fuera unos minutos y, cuando empezó a salir gente, me di cuenta de que no eran visitas suyas, sino de su compañero de habitación, que debía ser muy popular. Después de varios minutos de salir personas, asomé la cabeza y vi a Pericles tirado en su cama, cubierto con la sábana hasta el cuello y con los ojos cerrados. Me acerqué sin hacer ruido y le dije:

—Eh, Pericles, ¿cómo estás?

—¿Cómo quieres que esté?

Entonces, abrió los ojos, y me dijo:

—No jodas, creía que eras mi padre.

Todavía no entiendo cómo pudo confundir mi voz con la de su padre, pero no se lo dije. Le pregunté por su accidente.

—Estaba —dijo— esperando para cruzar en el semáforo que hay en la calle Sinergia, antes de la funeraria. ¿Sabes cuál te digo?

—Sí.

—En eso, se puso verde, y no sé cómo, una furgoneta blanca que venía a toda pastilla me embistió. Me dio sólo con un lateral, porque si me llega a dar de plano, no lo cuento.

—La mujer que te echó la maldición. Dime cómo era.

—¿Cómo sabes eso?

—Me lo dijo tu sobrina, en la tienda.

—Muy grande, con un vestido viejo de color azul marino y topos blancos.

—¿Llevaba gafas?

—Sí, de sol.

—¿Y una trompeta de plástico colgando a la espalda?

—Llevaba algo de plástico azul en la espalda, pero no vi lo que era.

—Oye, ¿tú sabes dónde está el café Turú?

—Sí, claro. En Perro Quemado. Pero no te aconsejo que vayas por allí.

—Ah, no, hombre. ¿Estás de broma? Sólo era curiosidad.

—Desángrate lentamente hasta morir —gritó su compañero de habitación.

—Tranquilo —me dijo Pericles—. Lo dice cada dos o tres horas.

Antes de girarme ya sabía quién era el hombre que había dicho aquello. Conocía aquella voz bastante bien. Era Pancho. Estaba boca arriba, tapado hasta el pecho, con los brazos por fuera, vendados, y con una gasa sobre los ojos.

—Ese casi se mata —dijo Pericles en voz baja—. Se cruzó con su ex mujer por la calle. Después, sacó una navaja y se cortó las venas.

—¿Qué estás diciendo? Pero si es un antiguo compañero de la fábrica.

—Es lo que me ha dicho una enfermera.

Pancho no me reconocía, así que me despedí de Pericles y, cuando estaba llegando a casa, a unos doscientos metros, volví a ver a la vieja. Llevaba un puro en la mano. Fumaba y tosía a partes iguales, y de sólo verla, volví a escuchar sus palabras: “Te van a atropellar”. Yo había dormido muy tranquilo desde que me echó la maldición y pensaba seguir igual.

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