Balonazo (XXV)

No le di muchas vueltas al asunto del Turú. La tal Brenda no conocía a Mario, mi vecino muerto, el que quería contratar. No sabía cómo era. Yo podía hacerme pasar por él y conseguir el trabajo. Como ya te puedes imaginar, lo que mejor le va a venir a Grinda, mientras se arregla el papeleo, es un dinero extra. Y como dice el refrán, si tienes hambre, súbete al alambre. Total, si no me gustaba el trabajo siempre estaba a tiempo para decir que no.

Esa tarde lo tuve muy fácil para escapar. Grinda se enfadó durante la comida, porque no le prestaba atención mientras cantaba canciones del Cachimbi, y me echó de casa. Me fui andando hasta Perro Quemado. Encontré el café Turú enseguida, porque me oriento como una paloma procaz. Llegué hasta la barra y estuve a punto de estropearlo todo. Casi pregunto por Brenda, pero no había nadie detrás de la barra, menos mal, así que me tiré un rato esperando. Creí que no era correcto entrar de sopetón. Cuando llegó la camarera, le pedí una cerveza, como si nada, y me estuve allí mirando la decoración, y una pareja de chicas besándose en un rincón. Allí todas las mujeres eran como esa pareja, como la camarera, como Brenda.

Brenda llevaba el pelo hasta la mitad de la espalda. Era más alta que yo por los tacones. No tenía busto, y los pantalones vaqueros le dejaban una trasera que al principio me pareció interesante, pero luego ya no. Tenía la voz grave, un poco afectada. Parecía que había leído muchos libros. Su despacho no era pequeño, pero estaba lleno de dinosaurios de peluche, de todos los tamaños. Me dijo que le había puesto Turú al café porque en este país la gente es muy inculta y no entiende nada. Que ella quería ponerle Thoreau, porque era su ídolo, y además tenía unos ojos que la traían loca. Yo todavía no sé quién es ese hombre, pero ahí está. Mientras me contaba esto, se quitó los tacones y empezó a sobarse los pies descalzos.

Después, me explicitó mi tarea. Tenía que transportar una onza de idrurio, un material muy valioso, muy ligero, pero muy resistente, que no me dijo para qué sirve. Tenía que viajar en el tren de alta velocidad y esperar instrucciones. Ella me sacaría el billete. Aguanté como pude en aquel sofá de su despacho, que daba un calor insoportable.

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