Balonazo (XXVI)

Esa noche se me hizo claro lo que ya sospechaba. La pasé al raso, como las dos de antes, en el mismo sitio, y con un clima estupendo. Fue la primera vez que supe lo que era tener raíces, unas raíces profundas. Podía sentirlas, y me di cuenta de su importancia. Sentí la tierra como nunca antes, como mi sangre. Era un cambio total, porque había ido siempre por la vida tan desarraigado como tú ya sabes. Perdido. Ahora me estaba centrando y me gustó mucho. Las cosas malas que me habían pasado, ya no me hacía daño, y las que pudieran venir, de ahí en adelante, no tenían importancia.

Recuerdo la primera vez que sentí ese frescor, de mitad del cuerpo hacia abajo, esa tranquilidad, ese gusto por estar sereno y conectado con la naturaleza, con el mundo, con las estrellas y con todo lo que se menea. Qué gusto por sentir que me alimentaba sin esfuerzo, el caldo mismo de la vida a través de todo mi cuerpo. No me molestaban los bichos recorriendo todas mis extremidades, escondiéndose en cada pliegue de mi corteza, en cada agujero de mi cuerpo. Todos éramos la misma cosa. Todos íbamos al mismo compás, como un reloj. Qué sensación de paz. Nunca me había sentido tan feliz. Disfruté mucho de aquella noche, porque me había encontrado, allí, en aquel parquecillo, pequeño, sí, pero con mucha Historia, y seguí disfrutando hasta casi el amanecer.

Me desperté al notar que algo me tocaba los dedos del pie. Era Grinda, con un cortaúñas, intentando cortarme la del dedo gordo. La dejé que lo hiciera y aproveché para hacer las paces con ella. Después, fui a la oficina de empleo y me tiré no sé cuánto tiempo allí, esperando para arreglar lo de mi Seguro Social. Al volver a casa, me encontré con una escena de película: la policía estaba en casa del vecino de al lado, el muerto. Habían encontrado todas aquellas pobres niñas y estaban muy ocupados. Me hicieron identificarme. Nada más entrar en casa, sentí un pequeño mareo. Fui al baño y vomité, y estando así, haciendo fuerza, dije con voz ronca:

—Veúnete, veúnete.

Después, bajé la intensidad:

—Hala, hala, hala.

Salí del baño, fui hasta la cocina y le dije a Grinda:

—Me importa muy poco lo del tío de tu prima.

Ella siempre decía que un tío suyo era capitán federal de Infantería, supongo que para darme miedo. Cuando le dije esto, me hizo pasar a nuestra habitación, cerró la puerta y dijo que tenía que enseñarme algo.

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