Balonazo (XXVII)

Dos horas después, abrí la ventana de la habitación para que se ventilase un poco, me puse los pantalones y fui a la cocina. Entonces, llamaron a la puerta. Era la policía. Querían hacernos unas preguntas. Les explicité que no sabíamos nada del vecino; que apenas nos lo cruzábamos por la escalera, o en el portal; y que nunca habíamos hablado más de cinco minutos, siempre sobre cosas sin importancia. Me hicieron preguntas sobre las niñas que tenía encerradas en aquel cuarto y sobre sus antecedentes con la justicia. Dije a todo que no, hasta que se fueron. Cuando cerré la puerta, Grinda me dijo:

—Lo de anoche me gustó. Es divertido y podemos aguantar mucho rato, pero quiero quedarme embarazada.

—Mujer, de eso no hemos hablado hace mucho. No es algo que se pueda decidir en un minuto.

—Anoche estabas de acuerdo. Ya sabía yo que después te ibas a echar atrás. Siempre me haces lo mismo.

La veía venir. Se estaba enfadando y yo sabía cómo terminaban aquellas discusiones, cinco veces de cada seis. La verdad es que no me acordaba de haberle prometido un hijo, ni de nada de lo que hacía por la noche. Lo único que recordaba era el parque de la plaza Henschel. Saqué el anillo de oro que le había tomado como prenda al vecino y se lo di.

—Al menos —dijo—, en eso has cumplido. Pero no lleva mi nombre.

—Lo llevará.

—¿Cuándo nos casamos?

—Cuando nos den fecha.

Me escuché diciéndole:

—Grinda, oh Grinda. Pensamiento hermético y omnímodo. Hápax del extenso acervo cultural de un hermeneuta. Tú eres lo que altera el buen funcionamiento de cuanto controla mi bulbo raquídeo.

—Vamos a la habitación, corre.

—Agradezco tu orgiástica insinuación, mas no puede ser.

Ella se enfadó. Pero esa vez, en lugar de tomarla conmigo, se marchó a comer a casa de su madre. En cuanto salió por la puerta, me entró un hambre que no podía aguantar. Salí a por comida y volví a casa con un saco de fertilizante de alto contenido en nitrógeno. Me lo comí todo, como si fuera a terminarse el mundo, al mismo tiempo que regaba el estómago con abundante agua fresca. Cuando terminé, con el pantalón desabrochado, no había quien se levantara de la mesa, y lo que me pude reír es todo. Me tiré, como mínimo, un cuarto de hora allí, riéndome hasta las trancas yo solo.

Anuncios

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s