Balonazo (XXVIII)

La tarde del día siguiente, estaba en el balcón haciendo la fotosíntesis cuando sonó el teléfono móvil que me dio Brenda. No quiso, de ninguna manera, que nos diéramos los números de teléfono, como hace todo el mundo, sino que me dio un móvil y me dijo que lo usara sólo para hablar con ella. Dijo que era por seguridad. En cuanto respondí su llamada me dijo:

—¿Cómo vas, pequeñín? Mañana es el gran día. Supongo que ya tendrás ganas de quitarte esto de encima. Tranquilo, más ganas tengo yo, te lo aseguro. Espero que lo tengas todo claro, pero si tienes alguna duda, ahora es el momento de preguntármela.

—Sí, está todo claro. ¿Para qué sirve el idrurio?

—Ay, mira, me vuelves loca, ¿eh? Te lo expliqué todo anoche. Es un material estratégico. Es ilegal transportarlo sin permiso y nadie te va a dar ese permiso, ¿ya?

—Ah, sí, ya me acuerdo.

—También te di el billete de tren.

—Sí, lo tengo.

No recordaba la conversación, ni tampoco haber estado con Brenda esa noche, pero le di la razón como a los locos. Necesitaba el dinero. Los jefes de la fábrica no me habían pagado un céntimo al despedirme, y el abogado me dijo que me correspondía un finiquito. Para conseguirlo, tenía que denunciarlos y esperar a que se resolviera el juicio. El Seguro Social no iba a empezar a cobrarlo hasta dentro de dos meses. Por eso, mi única forma de traer algo de dinero a casa era ese balón. Sobre todo para Grinda, porque yo ya tenía mi decisión tomada.

No se despidió, pero así era Brenda. Ella creía que yo era Mario, mi vecino muerto, y yo creía que ella era una mujer, hasta que la vi de cerca y me fijé en la nuez de su cuello. En cuanto terminé de hablar con ella por teléfono fui a buscar el billete. Me llevó como diez minutos encontrarlo. Estaba en el bolsillo de atrás de unos pantalones.

El día señalado, anteayer, me levanté a las ocho, aunque el tren no salía hasta las once y cuarto, porque ya se sabe que más vale madrugar que lamentar. Grinda dormía a pierna suelta. Como no iba a entender lo del viaje, le mentí. Le expliqué que estabas enferma y tenía que ir a verte a Pirarcas. No le pareció bien del todo, pero tampoco hizo preguntas.

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