Balonazo (XXIX)

Mientras se hacía el café, coloqué en mi lado de la cama la ropa que me iba a poner, siguiendo las instrucciones que me dio Brenda: camisa blanca, pantalón negro, zapatos negros, calcetines negros y chaqueta negra. Insistió mucho en que no me pusiera corbata y me desabrochase dos botones de la camisa. Yo sigo sin saber por qué, pero ahí está. Metí ropa en la maleta, como un viajero más, y la cerré. Desayuné y me entretuve hasta las diez y cuarto cantando canciones del coro.

Luego, me vestí, sin que Grinda se despertase, y me fui andando con la maleta por todo el distrito de Gertos, hasta la estación Plancton. Pregunté por mi tren a un hombre que llevaba un chaleco fosforescente y me dijo que buscara en un panel grande que había de cara a nosotros y de espaldas a los trenes. Allí estaba el mío, con destino a Mazureña, listo para salir a la hora prevista. Quedaban quince minutos. Entre en una cafetería y pedí una botella de agua.

Al subir al tren tuve una sensación rara, como de haberme equivocado de día. Busqué mi asiento. Allí estaba aquel desgraciado con su cara de pez conejo apoltronado en el suyo, el asiento del pasillo. Me cayó mal en cuanto lo vi. Llevaba un bolso de mano ridículo, de esos que no saldría yo a la calle con él ni pagándome, y en todo lo demás, vestía igual que yo. Me saludó como si me conociera, y eso no me dio buena espina.

Yo no había subido nunca en un bicho de aquellos, pero me pareció mucho peor de lo que esperaba. Por dentro era igual que cualquier tren, igual de incómodo, solo que más rápido. Todo iba a ser rápido. En menos de dos horas estaría en Mazureña con el paquete. Una hora más y lo habría entregado. En otra hora estaría de vuelta en la estación. Y en menos de dos horas, de vuelta en Santa Pétula. Vamos, que cobrar cinco mil pavos por eso es un regalo.

A los diez minutos de arrancar el tren, más o menos, fui al aseo. Tuve que esperar bastante hasta que salió un gordo vestido como un ministro. Eso sí, la peste que había dejado allí dentro el señor ministro era para recordarla por los siglos de los siglos. Encima, había dejado el váter embozado. Total, que estuve un buen rato maldiciendo su estampa hasta que pude hacer lo mío y marcharme de allí. Cuando volví a mi asiento, me di cuenta de que se me había caído, del bolsillo de atrás del pantalón, el móvil de Brenda, y me estaba esperando encima del asiento. No tenía llamadas perdidas. Le iba a preguntar al del asiento de al lado si me había llamado alguien, pero estaba dormido como un ceporro. Era pronto para que llamara, así que me olvidé del asunto y me distraje mirando por la ventana. De cuando en cuando, se veía un pedazo de campo con la tierra removida, y eso me daba mucha hambre. Más adelante, vi junto a una propiedad un pino tan descuidado que me dio una pena horrible. Lo que hubiera dado porque alguien se acercase con unas tijeras de podar y lo aseara un poco, hasta dejarlo en un estado decente, al pobre.

Anuncios

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s