Balonazo (XXXI)

Me preguntó si me creía el furúnculo de Delfos y no sé qué cantidad de barbaridades y amenazas. No había de otra: mi compañero de asiento había contestado la llamada de Brenda mientras yo estaba en el aseo. El muy caradura disimuló y ahora tenía el paquete que yo debía transportar. Maldito… El tren estaba entrando en la estación de Mazureña. Agarré mi maleta y me fui por el pasillo, buscando al del balón, pero no lo vi. Se me ocurrió que se podía haber escondido en alguno de los aseos y empecé a revisarlos. En eso, el tren se quedó quieto del todo. Se abrieron las puertas y la gente empezó a bajar. Salí en cuanto pude y lo busqué, pero había demasiada gente en la estación, todos con sus maletas a cuestas. Como para verlo.

Cuando por fin lo reconocí, me llevaba mucha ventaja. Estaba casi saliendo de la estación. Corrí todo lo que pude y salí por la misma puerta que él, sólo para encontrarme con una escena de lo más inesperada. Tres policías le estaban deteniendo. Un policía le quitó el balón, otro le puso las esposas y lo metieron en un coche patrulla que esperaba en la acera. Yo disimulé todo lo que pude hasta que el coche arrancó y se alejó de allí.

Total, que después de todo, tuve suerte. Había perdido el paquete, y eso es lo mejor que me pudo pasar, después de ver quién lo estaba esperando. Lo dice el refrán: “Yerra quien piensa que, por caminar, avanza”. No sabía si Brenda había intentado venderme a los policías o si alguien les había dado el chivatazo. Estaba muy confundido, pero como ya no había paquete que entregar, y mi billete era de ida y vuelta, pensé en volverme en el siguiente tren. Volví a la estación, fui hasta el panel donde estaban indicadas las salidas de los trenes y vi que el próximo salía a las cuatro y media. Tenía tres horas por delante y no sabía qué hacer para llenarlas.

En verdad, no sé cómo las llené. Lo último que recuerdo de la estación de Mazureña es una mujer que llevaba en las manos unas niñas de interior de muy buen ver, con mucha flor y unas ramas jóvenes de un verde que daba envidia. Después, me desperté en mi cama, al lado de Grinda, espalda contra espalda. Estaba haciéndose de día, y tenía delante el balón azul, en el suelo de la habitación. Salí de la cama de un salto para esconderlo. De momento, lo puse en el balcón, para que ella no lo viera. A la hora de comer, mientras ella estaba fregando los cacharros, me asomé para echarle un ojo y ya no estaba. Me bajó la tensión tan de golpe que tuve que sentarme.

Anuncios

5 thoughts on “Balonazo (XXXI)

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s