Balonazo (y XXXII)

No me quedó más remedio que preguntarle a Grinda. Me dijo que sí, que lo vio mientras yo me duchaba; que pensó que era de unos niños que estaban jugando en la calle; que les preguntó si el balón era suyo y le dijeron que sí. Ella se lo lanzó y ahí se pierde la pista del maldito balón. Esta mañana he escuchado comentarios de varias personas sobre él. Primero, en el bar, mientras me tomaba un café, porque el de casa se había terminado. Un viejo que le gustaba hacerse el interesante. Luego, en la panadería. Una señora que se creía que sabía más que nadie. Total, rumores y habladurías. Y yo, fastidiado, porque era mi última esperanza. Fastidiado por la pobre Grinda, que había tirado su dinero por el balcón. Al volver a casa me he cruzado con esa harpía de la Julia. Me ha sonreído, muy pícara, y me ha guiñado un ojo.

Esta tarde me ha llamado Brenda. Ha estado muy amable. Me ha dicho que la policía la interrogó, porque su nombre aparecía en el contestador del vecino. Me ha felicitado por mi estrategia, eso ha dicho, lo de hacerme pasar por Mario. También me ha dicho que lo del balón era una prueba, porque no se fiaba de mí, pero que a partir de ahora podemos trabajar juntos. ¿Prueba? Yo vi cómo detenían a ese hombre en Mazureña. En el barrio están todos locos buscando el balón. ¿Una prueba? Le he dicho que me pensaría lo de trabajar juntos, pero no tengo nada que pensar. Es mi última tarde.

Por eso te escribo, madre. Para despedirme. Le pregunté a la vieja que me echó la maldición, cuando me la encontré en la calle. La amenacé con denunciarla por el accidente de Pericles. Le dije que la cámara de seguridad de la tienda lo había grabado todo. Claro que no existe esa cámara, pero la mujer se asustó y me lo explicitó, solo que no la entendí, porque hablaba en un idioma muy extraño. Por lo visto, su maldición no tenía que ver con un atropello. Lo único que entendí es que, de aquellos polvos, estos mocos, y que tenían que pasar veinte días para que se cumpliera la maldición, o sea, esta noche.

Cuida de Grinda, por favor. Lo del balón no salió como yo esperaba y, aunque no somos el uno para el otro, siento que aún la quiero. Además, puede que esté embarazada. Y como dice el proverbio chidí: “Si el camino se torna un cenagal, arma dos veces tu carro antes de pasar”.

No tiene sentido que nos veamos, madre, no me reconocerías, y no quiero pasar por eso. Así que mañana, cuando te den la noticia, estate tranquila, porque voy a estar bien. Ya estaba harto de este mundo, y le pedía a mi instancia suprema que me llevase de aquí, que terminara con mi sufrimiento, porque como dice el refrán, “tortas frías para taco son peores que el tabaco”. Ya no podía más, así que estoy contento, por fin, porque si al amanecer no vuelvo a casa, será lo mejor que me haya ocurrido en toda mi vida.

Voy a estar allí plantado, en ese parque con más de doscientos años de antigüedad, quieto, sintiendo cómo me alimento con mis raíces, hundidas bien hondo en la tierra. Sintiendo el frescor de la tierra allá abajo, notando cómo corre la savia por dentro de mí. Y ¿sabes qué? Escucho las conversaciones de la gente, rodeado por mis compañeros de leña. Los pájaros son una compañía maravillosa. Se posan en mis ramas para dormir, hacen nidos y cuentan cosas increíbles. Hay todo tipo de insectos y arañas que utilizan mi cuerpo como casa y vivimos en unidad. No hay prisa, no hay dónde ir. No hay objetivos de producción que cumplir, ni tienes que competir todo el rato para que no te despidan. Hay comida para todos y agua en abundancia. La vida sexual es plena y satisfactoria. No está viciada por los celos y los malentendidos. El sol es una bendición, y la lluvia también. Los de mi especie duramos muchísimos años, por lo que espero ver pasar varias generaciones de petulenses ante mis ramas. Será un placer darles sombra, servirles de escondite y de lugar de encuentro. Será un honor, si algún día me cortan, dejar espacio a quien venga detrás. Convertirme en mueble, en viga, en leña para el hogar. Y alimentar hasta ese día a las ardillas del parque. ¡Todo tiene sentido! Soy feliz como no lo he sido nunca, ni siquiera de niño, cuando vivía mi padre. Ven a verme al parque, madre, y cuídate mucho. Te quiero.

Anuncios

10 thoughts on “Balonazo (y XXXII)

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s