Motocarro (I)

La tarde que le llamaron para confirmarle que el empleo era suyo, apenas unas horas después de recibir la noticia y de celebrarlo con su amigo Blas en Los Corronchales, caminaba de vuelta a su casa por el barrio que hay junto a la estación del Sur, en el distrito de Gertos, cuando la imagen de una silueta le descompuso. Era su imagen, de hecho. El cristal de aquel escaparate reflejaba su silueta, incluyendo la aureola que formaban sus pelos. Esos bucles que habían llamado la atención en la entrevista de trabajo, días atrás, que habían arrancado una mueca de disgusto al entrevistador, se la arrancaban a él ahora. No importa si su currículum, su experiencia o su vete-a-saber-qué se habían abierto camino eclipsando sus pelos. No fue sólo una mueca, se lo dijeron bien claro. Que si resultaba elegido tendría que cuidar más el aspecto. Que aquella empresa cuidaba mucho el trato con el cliente. Reincidir presentándose con aquellos pelos era una forma de dar a entender cualquier cosa menos que le interesaba el trabajo. Y le interesaba. No era el trabajo de su vida, pero en sus circunstancias era lo mejor que le podía pasar. Aquella aureola de pelos tenía que desaparecer.

Ir a la peluquería nunca fue algo que le entusiasmase, pero en aquella ocasión había adquirido carácter de urgencia, tanto más cuanto que ya eran las siete y media pasadas, hora en que los comercios están a punto de cerrar. Recordó una vieja peluquería situada junto a la estación y se encaminó allá sin perder un minuto. Allí seguía, con los viejos cristales montados sobre viejos marcos metálicos; el suelo, dos escalones por debajo del nivel de la acera; en línea con la puerta, una cortina hecha con tiras de plástico verde, ocultando la trastienda; a la derecha, una hilera de sillas de plástico blancas, frente a una mesa baja que parecía recogida en el rastro, que servía de soporte a un puñado de revistas; a la izquierda, dos sillones de barbería de diseño antediluviano, de los cuales uno estaba libre. Giró la manivela de la puerta haciendo crujir las bisagras, bajó los escalones y se sentó en el sillón vacío. El otro, a su derecha, lo ocupaba un tipo narigudo, bastante calvo, que cubierto con aquel babero azul celeste parecía un bebé de comedia, observándole desde el espejo corrido que tenían delante. Se saludaron con un discreto “hola” y después el narigudo se concentró en mirar su yo del espejo. No había nadie más, excepto unas voces en la trastienda.

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10 thoughts on “Motocarro (I)

  1. Al fin comienzo tu nueva historia. Que forma de empezar. Me ha parecido genial que el cabello tenga tanta importancia y signifique tanto, y sin que él diga apenas una palabra. Es algo con lo que me identifico (yo, cuyo cabello refleja – o solía reflejar, quién sabe – mi estado mental).

    La urgencia que transmites en esta parte es de alarma
    “Reincidir presentándose con aquellos pelos era una forma de dar a entender cualquier cosa menos que le interesaba el trabajo. Y le interesaba. No era el trabajo de su vida, pero en sus circunstancias era lo mejor que le podía pasar. Aquella aureola de pelos tenía que desaparecer.”
    Me ha gustado, sobre todo, como en lugar de ser cabellos son pelos (como desdeñandolos), y como importa más lo que “dan a entender” que lo que en realidad significan para él. Vamos: que a él no le importa él en ese momento, salvo conseguir trabajo. Y lo uno y lo otro no necesariamente significan lo mismo.

    Un saludo, José 😀

      • Vaya que las tuyas, más que locuras, son aventuras locas. Me gustan. Me sacas de mi zona de confort y me divierte pensar qué haría yo en situaciones tan surrealistas como las de tus personajes.
        Pues, yo espero poder leerla completa en estas dos semanas, a ratitos… espero comentar en todas >.<
        Un abrazo, José! 😀

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