Motocarro (II)

Sobre el banco de mármol, delante suyo, se apiñaban los frascos de loción, de laca, de espuma de afeitar, de jabón líquido. Más a la derecha había una máquina registradora muy limpia. Había tenido suerte. Volvía a tener un trabajo en el que fichar a las ocho de la mañana. Tenía suerte de haber sentado sus posaderas en una peluquería, de poder contemplar los peines, el secador, las tijeras que terminarían con su aureola de pelos de una vez. Empezó a imaginar, sobre la estampa que le devolvía el espejo, su nuevo aspecto, a borrar mentalmente aquellos bucles, cuando en la trastienda empezaron a escucharse gritos y amenazas.

Dos hombres discutían acaloradamente. El que más gritaba parecía el más joven. El volumen de sus voces subía de frase en frase llenando la trastienda, que parecía bastante grande. Un vaso cayó al suelo. Otro rodó sobre una mesa. Él miró de reojo al narigudo, que empezaba a murmurar quejas moviendo las manos bajo el babero. El vaso que antes habían escuchado rodar cayó también al suelo. El narigudo se arrancó el babero de un manotazo, se puso en pie con la mirada fija en la cortina que ocultaba la trastienda, buscó su cartera, sacó un billete de diez, lo dejó sobre el mármol, lo pisó con un frasco de jabón líquido, dijo que se arreglaría las patillas en casa y antes de terminar la frase ya estaba en la calle. El ruido de la puerta hizo que los gritos de la trastienda desaparecieran. Él vio su propósito frustrado por un momento, mientras guardaba la compostura ante aquellos frascos y peines que le miraban en silencio, como el público de un teatro. El espejo revelaba a su espalda un recogedor de plástico rojo con unos cuantos mechones de pelo, casi en el centro de la peluquería. Allá dentro, el que menos gritaba y parecía mayor, medio gritó una despedida antes de salir por una puerta que debía comunicar la trastienda con el portal contiguo.

Surgió de la cortina de plástico un peluquero, escoba en mano, tropezando con el recogedor. Un tipo relleno sin llegar a obeso, con el pelo mal teñido de rubio, las mejillas coloradas, camisa marrón, pantalón marrón claro, iluminado todo él por el brillo de sus zapatos, también marrones. Colocó otra vez en pie el recogedor con su contenido, visiblemente acalorado, preguntando por el cliente que se había marchado. Él señaló el billete pisado por el frasco.

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