Motocarro (III)

El peluquero se tranquilizó un poco, liberó el billete, tecleó un botón de la registradora, un sonoro “cling” que se esparció por toda la peluquería, y acostó dentro el papel con mucho cuidado, recogiendo a continuación el babero del narigudo. Lo doblaba y, sin mirar, iba explicando con voz medida que no le iba a ser posible atender más clientes. Que le había surgido un problema personal y tenía que cerrar.

Epo le sonrió con decisión, aprovechando un cruce de miradas, para hacerle ver que necesitaba ese corte de pelo. Que aunque nadie se muera por no poder cortarse el pelo, a él le podría pasar. Además, le dijo, a un profesional como él no le iba a llevar más de veinte minutos, sabiendo que media hora era un plazo más aproximado. Trató de hacerle un poco la pelota, pero aquel había cerrado las orejas. Nada de lo que le contaba Epo era problema suyo. Nada. Él tenía de propios. Había más peluquerías en el barrio. En cualquiera de ellas le atenderían perfectamente. Aquel tipo sabía tan bien como Epo que, a esas horas, ninguna peluquería iba a aceptarle.

El peluquero conducía a Epo hacia la salida, apoyando su mano roja en el hombro de él, suavemente, pero con decisión. Seguía acalorado. Su calor pasaba ahora al hombro de Epo, mientras subía los dos escalones, de vuelta a la calle, considerando la idea de arreglar el problema por su cuenta, en casa, igual que el narigudo con sus patillas. Siempre es preferible una buena solución casera que una peluquería donde el personal grita en la trastienda y tira vasos al suelo. En casa le quedaba casi medio tubo de gomina extra fuerte, capaz de gobernar aquellos bucles de pelo, de aplanarlos y mantenerlos alisados, brillando durante toda la jornada laboral, al término de la cual, sin duda, no tendría tan mala suerte para cortárselos.

A dos calles había otro salón de peluquería, según le había explicado el acalorado peluquero de manos sudorosas. En ella, un sanguíneo Pantagruel de cuidada barba entrecana se negó a atenderle, mostrándole la cantidad de clientes que esperaban su turno, todos calentando butacones rojos, venga a leer revistas en aquel salón perfumado donde, seguro, le hubieran cobrado el doble. Lo intentó en una peluquería de chinos, pero ni le abrieron la puerta, venga a negar con la cabeza, agitando las cabelleras negras. Estaba empezando a desesperarse cuando entró en un salón de belleza femenino y les explicó su problema, pero dueña y empleada estaban demasiado ocupadas buscando el número de Emergencias.

Anuncios

2 thoughts on “Motocarro (III)

  1. Tal vez los chinos no le abrieron porque no era chino, eso pasa acá en Guatemala los Koreanos no te dejan entrar a sus restaurantes si no eres Koreano o no vas acompañado de un koreano. Ya me desvie del punto que era: me sigue asombrando tu capacidad para escribir y narrar, siempre historias tan originales y geniales.

    • Muy interesante tu comentario, Jose. Lamento mucho que sigan existiendo barreras entre seres humanos por cuestión de raza, nacionalidad, idioma, religión, género sexual o cualquier otra. Gracias por leer y por comentar. Esta es tu casa 🙂

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s