Motocarro (IV)

Con tanta negativa, la idea de arreglar el asunto en casa con un poco de gomina iba ganando terreno en su cabeza, pero terminó desechándolo por chapucero. Se iba a notar demasiado que era un recurso de última hora, de esos que no son bienvenidos en una empresa que cuida el trato con el cliente. Además, aquellos bucles aplanados por la gomina le iban a dar un aspecto aún peor, si cabe, amenazante y totalmente inadecuado para aquel tipo de trabajo. Así que, al llegar a la esquina, en lugar de continuar recto, camino de su casa, dobló a la izquierda y volvió con el peluquero de manos sudorosas.

Desde la calle no se veía al tipo por ningún lado. Sin embargo, las luces seguían encendidas. El recogedor y la escoba, apartados en un rincón. La reja de acordeón blanca que protegía los cristales, inútil ante una buena pedrada, a medio desplegar. El pestillo de la puerta no estaba echado. Volvieron a chirriar las bisagras. Epo bajó los escalones traicioneros. Volvió a sentarse en el mismo sillón. Se colocó el babero del narigudo. El peluquero no tardó en aparecer. Con la firmeza que había demostrado antes, le quitó el babero. Volvió a apoyar su mano caliente en el hombro de él, a contarle que aquella tarde ya no había servicio, con un tono de voz algo crispado. Pero Epo no le dejó terminar. ¿Había conseguido aquel trabajo y no iba a conseguir un corte de pelo? Se sacudió del hombro la manaza, agarró el babero y, arrugado como estaba en su puño, lo aplastó en el pecho del peluquero, mientras le iba explicando a todo volumen lo del trabajo, porque era un buen trabajo, necesario, de los que no admiten personarse con semejantes pelos, que de repente sacudió ante las narices del peluquero para mayor impacto.

El impacto fue nulo. El babero aterrizó sobre la mesa de las revistas. El peluquero repetía compulsivamente su cantinela, con las palabras “imposible” y “cerrar” sonando a cada tanto. Epo quiso colocarse otra vez el babero, olvidando que había volado, y sin querer agarró la parte baja de la camisa del peluquero y, al estirar, no sólo le rompió un botón, sino que le dejó con la panza al aire. Los dos hombres dejaron de gritar, de forcejear, de gesticular. Se quedaron mirándose como dos estatuas durante unos segundos. Epo, arrepentido de su involuntaria metedura de pata, y viendo que aquel le hacía el mismo caso que el espejo, dejó su berrinche de niño y cambió de método.

—Te pagaré tres veces más —dijo. El peluquero negó con la cabeza.

—Tengo que cerrar.

—Te daré doscientos. Es todo lo que llevo encima. Necesito un corte de pelo. Necesito ese trabajo.

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