Motocarro (V)

¿Qué hacía yo regateando en una peluquería? No quería aquel trabajo, pero era necesario. Pensé en enviarlo al caño, pero era necesario. Me gustaban mis rizos. No quería cambiar. Estaba orgulloso de ellos. A las chicas les encantaban. Los acariciaban mientras hacíamos el amor. Pero aquel tipo no los miraba de la misma forma. Los miraba echando cuentas. Después de unos segundos, el peluquero miró la entrada de la peluquería, con la reja a medio correr, fue a por el babero y envolvió a Epo con él, ocultándolo a él y al sillón, dejando fuera su cuello nada más, y su cabeza, como un periscopio, y luego fue y estranguló su cuello, de manera casi criminal, con una cinta de papel, ante la mirada silenciosa y cómplice de aquel ejército de frascos. De mala gana cogió un vaporizador, se puso a toquetearle los rizos, preguntando cómo los quería de cortos. Epo se lo explicó, pero aquel lo dejó con la palabra en la boca para ir a cerrar del todo la reja de acordeón de la entrada. Cuando volvió, tuvo que repetir la explicación mientras él humedecía de nuevo sus bucles con el vaporizador. Terminó de explicar y el peluquero seguía humedeciendo. Flut-flut aquí, flut-flut allá. No parecía decidido a cortar pelo. A lo mejor se estaba arrepintiendo. Epo intuyó que tenía que distraerle.

—Espero que lo de antes no sea grave —dijo.

El peluquero murmuró algo ininteligible. Después, como si recordar la trifulca lo hubiera puesto en marcha irremediablemente, empezó a trasquilar, despacio. Chas. Otro chas. Las tijeras aceleraron su ritmo poco a poco hasta convertirlo en normal. Chas-chas, chas-chas.

—El problema de la gente mayor —decía— es que a veces no atienden a razones.

Empezó a nombrar un montón de razones por las que la peluquería se había quedado anticuada. Convenía echar abajo la pared de la derecha para ganar espacio en la trastienda, desaprovechada según él; bajar el techo para colocar uno falso de escayola; picar el suelo para arrancar de una vez aquellas baldosas descoloridas y colocar tarima flotante, de aspecto mucho más higiénico; descolgar para siempre el espejo de toda la vida y reemplazarlo por uno de diseño más moderno; picar el banco de mármol y construir uno más actual; echar al contenedor de basura las sillas de plástico, junto con la mesita de las revistas del año uno, y comprar un tresillo en tonos pastel; regalar a algún museo los sillones giratorios y traer unos con diseño ergonómico de última generación, el colmo de la comodidad; colgar, en sustitución del envejecido cartel de plástico de la fachada, un rótulo de metacrilato con colores llamativos; oscurecer apenas la luna del escaparate. Epo, entre tanta razón y tanta reparación, empezaba a marearse.

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