Motocarro (VI)

Todo eso permitiría elevar los precios. Atraería clientela. Sólo había que tener un poco de visión comercial, solicitar un préstamo al banco y contratar una empresa de reformas. Hundía el peine en los bucles, tiraba despacio hacia atrás desplegándolos, tensando el mechón y sirviéndolo a la tijera, que los despachaba sin dudar. Cada razón era un chas-chas y un rizo que caía al suelo.

Lo del crédito era lo que había tensado los nervios de su socio. Una persona mayor, según el peluquero, de los que no atienden a razones. Un señor mayor de los que no son capaces de ver que con más clientes entrando por la puerta, dejando más dinero en caja y recomendando la peluquería a sus conocidos, se podía devolver el préstamo. Chas-chas. Pero si seguían con sillones giratorios anticuados, sillas de espera de plástico, mesita de las revistas del piso de la abuela y todo el repaso que volvió a hacer del mobiliario del local, no iban a tardar mucho en desplegar la reja de la entrada, pero esta vez para siempre. Chas-chas. Para siempre jamás. Chas-chas. A juzgar por el ritmo de las tijeras, lo que frenaba a su socio le aceleraba el pulso a él.

Cuando sus manos se detuvieron, Epo calculó que tendría listos la parte trasera y los lados de su cabeza. Sacó una mano de debajo del babero azul para repasar el terreno ya cortado. Quedaban rizos allá arriba que, en contraste con la parte cortada, producían un efecto aún menos presentable. Escuchaba la voz del peluquero reverberando en lo alto del techo, ese techo que convenía bajar. Dos cercos de sudor habían oscurecido sus axilas. Epo sólo deseaba que aquellas tijeras se pusieran en marcha. El peluquero volvió a colocarle la mano en el hombro derecho, algo que ya resultaba familiar, y dijo:

—Mira, ¿sabes qué? Ahí dentro hay una nevera con una botella de champán. La había traído para celebrar el cumpleaños de mi socio, pero al final nos hemos liado.

Sin esperar réplica, se marchó trastienda adentro. El peine se quedó cuidando de las tijeras, encima del mármol anticuado. Se abrió la nevera. “Si se emborracha”, pensé, “puede que no le queden ganas de terminar el trabajo”. Apareció con la botella en una mano y un par de vasos en la otra, que dejó sobre el mármol. ¿Qué podía hacer él si su socio no quería darse cuenta de la realidad? Quitó el precinto dorado de la botella y lo tiró al suelo. Preocuparse por lo que no tenía remedio era absurdo. La caperuza de alambre siguió al precinto hasta el suelo, mezclándose con mis rizos recién cortados. De vez en cuando es bueno relajarse con una copa, olvidar los sinsabores de la vida. Apuntó el tapón hacia el techo que había que bajar, como si estuviera pensando en hacerle un agujero que sirviera de excusa para la reforma, estrangulando el cuello de vidrio, empujando el corcho hacia afuera con los pulgares, corcho que Epo no perdía de vista mientras esperaba oír la detonación.

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4 thoughts on “Motocarro (VI)

  1. ¡Jaaaaa! Me estás matando con ese recorte. Estoy aquí agarrada a la silla como el pobre hombre esperando a que me termine el recorte. Y como va el barbero le puede tumbar la cabeza.

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