Motocarro (VII)

El tapón salió despedido, rebotó en el techo, golpeó el sillón anticuado, a su derecha, y desapareció. El peluquero, transfigurado por un momento en camarero, vertió un buen chorro de champán en cada vaso. Epo sacó la mano derecha del babero para coger el que le ofrecía. El peluquero brindó por un futuro mejor. Bebieron. Coloqué el vaso sobre el mármol y escondí la mano en el babero. Él siguió bebiendo, mirándome en el espejo. Repitió que había que cambiarlo. Se sirvió más champán. El mármol, definitivamente, no estaba de moda. Apuró el vaso. Por fin, retomó las tijeras.

La tierra era de un color ocre, casi amarillo; los olivos, entre el verde y el gris; sol de castigo, silencio mortal. Debían ser las cuatro o las cinco de la tarde. Tenía sed. Cegada por la luz y castigada por el calor, se levantó, se sacudió la falda estampada de flores, atrapó las sandalias blancas con dos dedos de la mano izquierda y empezó a caminar despacio, para no lastimarse con las piedras. El viento le hacía compañía, zumbaba en su oreja de cuando en cuando. Le trajo noticias de la carretera. Un camión. No volvió a pasar nadie hasta un buen rato después, cuando ella había alcanzado ya los árboles. La presencia inesperada de una avispa la puso en guardia. Se detuvo en seco y la siguió con la mirada durante un rato, hasta que se marchó. La tierra era más amable allí, más blanda.

Se quitó la rebeca de punto blanca y se la anudó en la cadera. Había ido hasta allí de forma instintiva. Junto a los árboles se sentía menos sola, menos perdida, menos vulnerable. Uno de ellos le recordó el bonsái que él tenía en el salón de casa. Se colocó las manos en la cintura, respiró hondo y se quedó mirando las nubes de panza gris, quietas a lo lejos. Les buscaba forma. Una parecía un burro brincando, con la boca abierta y unas orejas grotescas. A su lado había un dragón, pero sin alas, todo boca y sonrisa malévola. Hoy es viernes. Su mente quiso volver a la ciudad, a casa, al coche, pero ella no quería, así que desvió la mirada, buscando dónde entretenerse, y vio sus pies cubiertos de tierra. Dejó caer las sandalias, levantó la cabeza y gritó a las nubes que era la mujer más feliz del mundo.

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One thought on “Motocarro (VII)

  1. Me siento cercana al Epo que se desdobla en protagonista y testigo de sus acciones. (Estoy muy mal, José. No digas nada). Y ahora se suma la desconocida urbana encontrando en la tierra su origen. ¿Yo? Espectadora de las acciones, lectora de tus textos.
    Un abrazo.

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