Motocarro (IX)

Se la quedó mirando con los ojos entornados. Tenía el cabello rojizo, muy poco poblado, y la carne de su cara también era roja en todos sus pliegues. Dejaba claro que no tenía ninguna prisa.

—Buenas tardes—dijo ella—. Disculpa, necesito llamar por teléfono.

—¿Quién eres?

—No… No me conoces.

—Ya lo sé, por eso te pregunto. ¿Has tenido un accidente?

—No.

—Y ¿por qué vas por el campo sin zapatos?

Ella se quedó mirando la greña rala que bailaba en su frente.

—¿Podrías decirle al perro que se calle, por favor? —dijo—. Me está poniendo nerviosa.

El hombre echó una risa cómplice.

—Díselo tú —dijo—. Te hará tanto caso como a mí.

—Tiene pinta de ser muy peligroso.

—Qué va. “Perro ladrador…”. Además, ¿qué te crees? Ningún perro, por muy ladrador que sea, puede romper una cadena tan gorda.

—Déjame hacer una llamada.

El hombre la miró un segundo a los ojos.

—Entra —dijo.

La casa había conocido mejores tiempos, pero se notaba bien construida. Las paredes tenían alguna mancha si te fijabas bien. Los cuadros acumulaban una delgada línea de polvo en la parte superior del marco dorado. Los ladridos ya no la irritaban. El retrato de una anciana con aspecto ilustre, sentada, cargada de collares y sortijas, presidía el salón. Había una mesa larga de madera lacada, de aspecto rústico, aunque de construcción reciente, con ocho sillas alrededor tapizadas en beige. Sobre el respaldo de una de las sillas había un vestido azul de mujer, bastante arrugado.

—No hay teléfono —dijo ella.

—Yo llevo.

—¿Tienes algún coche para acercarme a Santa Pétula?

—No. Hay un motocarro en el garaje de ahí detrás.

—¿Un qué?

—Un motocarro. Es de tres ruedas, pero se conduce como una moto.

—Necesito usar el baño.

El hombre se acarició el antebrazo.

—Cuidado no te resbales —dijo—. Acabo de limpiarlo.

El baño apestaba a lejía. El suelo tenía trozos aún mojados. Se sentó en la tapa del váter y se lavó los pies en el bidé. Enjuagó las sandalias en el lavabo mientras intentaba descubrir algo en el espejo, en su cara reflejada, algo que le indicara la dirección a seguir. De vuelta en el salón, ya con las sandalias puestas, el hombre estaba acariciando su greña rojiza, sentado a la mesa, junto al vestido. Jugaba con un móvil que tenía en las manos.

—Siéntate —dijo.

Ella se sentó ni muy lejos ni muy cerca de él.

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