Motocarro (VIII)

—¿Qué te atormenta?

—Nada —dijo ella—. Todo.

Echó a andar. Se detuvo en seco. Volvió sobre sus pasos, recogió las sandalias y continuó. Si pudiera rectificar, se comería sus palabras. Se comería ese arrebato de sinceridad, ese pensamiento tan feo que anulaba su proclamación de felicidad a los cuatro vientos. Era feliz, sí, porque había conseguido olvidar. Los primeros días sintió miedo. No recordaba en qué ocupaba su tiempo antes de esas conversaciones nocturnas interminables, cuando empezaron a conocerse. No recordaba cómo era su vida sin esa voz. Llevaba casi dos meses olvidando y se sentía bien. Había sido fuerte, y muy hábil. Se las había arreglado para evitar todo objeto y todo lugar que le recordase a esa persona. Había conseguido sacar aquella voz de su mente, y estaba muy satisfecha con los resultados.

El terreno empezaba a maltratar sus pies. ¿Adónde iba tan deprisa? Aflojó la marcha. Puso rumbo a un sendero que acababa de descubrir. ¿Por qué la paz no es estable, duradera? ¿Por qué sufrir por tonterías? Miedo a la soledad, a la locura. No quiero quererte. Nadie en su sano juicio amaría lo que no puede tener. Sé fuerte. Ignora. Confía en ti. Es tu mente, una vez más. Te traiciona. Conoce tus puntos débiles y ataca allí donde sabe que más duele. Pero es mentira. No hay amenaza. No hay herida, aunque sientas dolor. Es pura sugestión. Olvida. No quieras saber cómo termina esa historia. Cierra el libro y empieza otro. Sigue caminando. Deshazte de los retrovisores.

Seguía el sendero tratando de pisar sólo en su parte central, donde se acumulaba la hierba. ¿Qué forma tendrían ahora las nubes? Quiso girarse para verlas, pero lo evitó. Tenía que aprender a evitar. Esa era la medicina, lo que la había mantenido bien esos dos meses. Ignora y vencerás. No respondas, no caigas en la trampa.  Sentía un nudo en el estómago. ¿De qué había servido evitar su recuerdo? El perro empezó a ladrar. Se le podía escuchar batiendo la cadena. Ella se desvió del camino hacia la izquierda, usando los ladridos como faro para encontrar la casa. Era más grande de lo que había imaginado, y también el perro, y la cadena. No paraba de ladrar y de brincar en su limitado radio de acción. Apareció un hombre despeinado en vaqueros y camiseta gris.

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3 thoughts on “Motocarro (VIII)

  1. Me ha gustado mucho, hay un montón de frases que me encantan por lo que evocan.
    -Si pudiera rectificar, se comería sus palabras.
    -No recordaba cómo era su vida sin esa voz.
    -Deshazte de los retrovisores.
    -Usando los ladridos como faro

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