Motocarro (X)

—Enseguida te dejo que llames. Pero antes quiero contarte algo. ¿Te importa?

—Si no es muy largo…

—Hay tiempo de sobra.

—¿Qué quieres contarme? Si es triste, mejor que no.

El hombre mostró su risa de complicidad.

—Todos queremos algo —dijo—. Tú quieres llamar por teléfono y yo quiero que alguien me escuche. Necesito contarlo, no aguanto más —bajó la cabeza—. Con lo bien que estaba yo hace… Hace nada. Antes de comer.

—Perdona, pero tengo muchísima sed. ¿Puedo tomar un vaso de agua mientras me lo cuentas?

El hombre señaló el pasillo sin ganas. Ella fue hasta la cocina, abrió el grifo, se mojó las manos y se enjuagó la frente, el cuello, el escote, los cabellos. El perro seguía ladrando. Llenó un vaso, se lo bebió de golpe y volvió a llenarlo. Lo llevó en la mano hasta el salón, donde el hombre había abierto la ventana, y volvió a sentarse a la mesa.

—Gracias —dijo—, lo necesitaba. ¿Y ese vestido?

—De mi mujer.

—Me gusta mucho la casa. Qué suerte tenéis de vivir aquí. Sois unos privilegiados. Bueno, sígueme contando.

Se quedó mirando el móvil, sobre la mesa. El hombre lo hizo girar como una ruleta.

—Yo estaba muy tranquilo hace unas horas —dijo—. Llevaba una vida de lo más serena y normal, como todo hijo de vecino. Hacía más de un año que no se me presentaba el problema, y pensaba que lo había superado. Pero ha demostrado ser más fuerte que yo. Ha tardado, pero se ha vuelto a manifestar, con una fuerza mayor que la de antes, imparable, desgarrador. Tú tendrás novio, o lo habrás tenido. Las mujeres siempre tenéis alguno que os va detrás, incluso las más feas. Tú, así de joven y guapa como eres, habrás tenido más de los que yo me pueda imaginar, seguro. ¿A que sí? Por eso no puedes entender lo que me pasa. No puedes ni imaginarte lo que se siente al ser abandonado por una mujer.

Ella quiso decir algo, pero él la detuvo con un gesto de su mano.

—Déjame terminar —dijo—. No es que me haya abandonado una mujer, sino todas las que he conocido, una tras otra, siempre igual, y siempre en el mejor momento. Es para volverse loco.

Ella empezó a sentirse incómoda. Dejó de mirarle. Quiso desanudar la rebeca de su cintura para colocársela sobre la camiseta de tirantes, pero no se atrevía.

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