Motocarro (XI)

—No —dijo el hombre—, ¿qué vas a saber tú? Crees que vivo aquí, que esta es mi casa, o mi segunda casa, donde venimos en vacaciones y algún día festivo. Que mi mujer ha salido, que no debe andar muy lejos. Estará recogiendo margaritas bajo el sol, mientras el viento la despeina y una mariposa juguetona revolotea a su alrededor. Eso es lo que querías oír, ¿a que sí? Pues no. Ella está muerta. Ya sé, vas a decirme que lo sientes mucho, y yo también lo siento, pero ella se lo buscó.

Golpeó la mesa con el puño haciendo saltar el móvil. El silencio duró como diez segundos. Un silencio espeso en la garganta de ella, que le hizo tragar saliva con mucho trabajo. Sin mirar, trazó el camino hasta la puerta de salida. ¿Podría ponerse de pie, con cualquier excusa, y distraerle antes de echar a correr? La puerta, ¿estaba cerrada con llave? No, casi seguro que no. Con las sandalias puestas iba a ser difícil. Cruzó los pies bajo la silla. Se inclinó con disimulo, haciendo descender su mano, y empezó a desatarlas. Los ojos de aquel hombre imploraban comprensión, ayuda, pero transmitían rencor y una frustración sin límites. Alexeia quería apaciguarlo, pero se notaba incapaz. Que no piense que estoy jugando con él. Que no piense que no le tomo en serio.

—El baño —dijo el hombre— estaba lleno de sangre antes de que tú llegaras. Aún no lo he asimilado. ¿Cómo ha vuelto a pasarme, después de tanto tiempo? Cuando ya creía que estaba curado, cuando ya empezaba a recuperar la confianza. En un momento, todo se ha ido al caño. Es para volverse loco.

La puerta del salón se cerró de golpe. El hombre no pestañeó. Ella se había liberado de las sandalias. No iba a tener más remedio que dejarlas allí. Mejor perder las sandalias que la vida. Él se puso de pie, la miró a los ojos durante un buen rato, sin hablar, calculando. Ella pensó en golpearle como fuera, lanzarse a por él y atizarle con todas sus fuerzas. Por un instante vio que no estaba todo perdido.

El hombre hizo un gesto extraño, se le pusieron los ojos en blanco y se desplomó sobre la silla, la derribó y cayó al suelo. Ella se levantó y dio un paso atrás. Se lo quedó mirando. Que no se levante, por favor, que no se levante. Se agachó a recoger las sandalias. Él abrió los ojos y los volvió a cerrar. Ella entró en pánico, agarró su silla y empezó a golpearle la cabeza con todas sus fuerzas, una vez, otra, otra más. Después, arrojó la silla, cogió las sandalias y salió corriendo de la casa.

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