Motocarro (XII)

Epo era feliz de volver a escuchar las tijeras, emitiendo pequeños chas-chas desde la parte posterior de su cabeza, preguntándose cuándo derribarían, de una vez, los bucles de la parte superior, que ya quería ver rodar por delante de sus ojos, tropezando con la nariz. Seguía escuchando la copla quejica del peluquero, agotadora. En el fondo, a él su socio le daba igual, chas-chas, a él plim, él no tenía problemas de dinero. Hizo una pausa. Dejó el peine y las tijeras, cogió su vaso de champán, brindó consigo mismo por el cumpleaños de su socio y sofocó un breve eructo con su puño libre.

Al menos le quedaba su otro negocio. Ese sí que iba bien. Una empresa de reformas que administraba junto con otro socio, que por cierto era la que se hubiera encargado de reformar la peluquería. Empresa que había levantado con los ahorros de años y años de segar pelo, aparte de la encomiable aportación de la herencia paterna. Dejó el vaso, le afeitó la pelusa de la nuca, le libró de algún cabello que se le acomodaba sobre la nariz, sobre las orejas, a golpe de cepillo, con tanta torpeza como apremio, le quitó el babero y proclamó que quedaba servido.

Epo vació de pelos sus orejas. El peluquero fue por la escoba y el recogedor. Me levanté. Saqué la cartera, de espaldas al espejo. Hundí el dedo donde los billetes. Momentos antes estaba dispuesto a pagar lo que fuera por un corte de pelo. Ahora, la verdad, no me hacía ninguna gracia pagar veinte veces el precio de un servicio normal y corriente, de veinte minutos largos. Sin incluir, claro está, su excursión a por el champán. Si tenía en cuenta que había entrado allí las dos veces dentro del horario de apertura, todavía me hacía menos gracia.

El tipo agrupaba con la escoba los mechones del suelo, seguramente pensando que se iba a marchar a casa a la hora de siempre, más o menos, con el doble de recaudación sólo porque un idiota no había podido esperar para cortarse el pelo. Saqué el dinero y se lo di. Lo cogió sin mirar. En seguida dejó de recoger pelos para mirarme a los ojos. Allí no estaban los doscientos que le había prometido. En su mano, que no dejaba quieta, había un billete de veinte. ¿Dónde estaba el resto? Pero no había resto, así se lo dije. Me había equivocado al calcular mi disponible, pero necesitaba el corte de pelo. Lo único que podía hacer era ir al cajero automático de la estación y sacar el resto del dinero.

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