Motocarro (XIV)

Corrió y corrió camino arriba, presa del pánico. Se estaba lastimando los pies, así que se detuvo, miró para ver si alguien la seguía y se esforzó por escuchar en dirección a la casa. No había manera de que aquel hombre la siguiera, pero ya la había sorprendido una vez al abrir los ojos, mientras yacía tirado en el suelo. El perro no había dejado de ladrar, y ahora lo hacía con más empeño. Sus ladridos retumbaban en los oídos de Alexeia como cañonazos que anunciaban que había traspasado una línea peligrosa. Aprovechó la pausa para colocarse las sandalias y continuó al trote por el camino durante un buen rato, con los músculos a pleno rendimiento.

Llevaba recorrido medio kilómetro cuando vio la fábrica a lo lejos, en medio del campo. Una fábrica de materiales de construcción no muy grande, con sus oficinas y su aparcamiento vacío. Una línea de árboles en ángulo resguardaba los flancos este y sur. Al principio le extrañó que no hubiera coches aparcados. Conforme se iba acercando, entendió el por qué. No era viernes, sino jueves, y era festivo en toda la región, como había tenido ocasión de comprobar por la mañana. Se concentró en el objetivo y siguió corriendo, tratando de mantener un buen ritmo en la respiración.

Al llegar al conjunto de naves, torció la esquina y buscó las oficinas, golpeando al pasar una puerta metálica para vehículos industriales. Estaba a punto de alcanzar la entrada principal. Entonces, salió de ella un vigilante uniformado, se le colocó de frente y le hizo el alto. Ella aflojó la marcha, jadeando, y le pidió ayuda con la respiración entrecortada, sin que el guardia la entendiese ni depusiera su actitud autoritaria. Cuando estaban a pocos metros, ella cayó de rodillas sobre la tierra. El guardia se acercó.

—¿Qué le ocurre, señorita? —dijo—. ¿Ha tenido un accidente?

Ella no podía hablar de corrido y se afanaba por recuperar el resuello.

—¿Está herida? —dijo el guardia—. ¿Hay alguien en peligro?

Ella negó con la cabeza y el dedo índice, haciéndole señas para que esperase a que se normalizara su respiración. Se llevó la mano al estómago.

—Acompáñeme adentro —dijo el guardia—. Le sentará bien un poco de agua.

Ella dejó que le ayudase a levantarse y entraron en las oficinas de la fábrica. El guardia la colocó sobre un sofá de cuero verde oscuro que servía para que esperasen las visitas, junto a una planta artificial. Ella empezó a recuperarse de la carrera.

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8 thoughts on “Motocarro (XIV)

  1. ¿Por qué no lo ha rematado cuando estaba en el suelo? Así no habría tenido que correr tanto. Estoy segura de que el guarda también es un psicópata :>
    Una sugerencia, donde pones “y le hizo el alto”, ¿no quedaría mejor “y le dio el alto”? 🙂

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