Motocarro (XVI)

Estaba confundida y furiosa. Confundida por la furia y furiosa por la confusión, por el calor, por la sed, por el cansancio de la carrera, por el dolor de pies, por las dudas que le creaba el guardia. ¿Estaba jugando con ella? Sintió ganas de golpearle, aunque sólo le castigó apeándole el tratamiento.

—¿Es que no vas a ayudarme? —dijo.

—Me temo que debo retenerla hasta que llegue la policía.

—Pero… Esto es absurdo. No he hecho nada.

—Ni yo soy quién para juzgarla. Pero debo retenerla hasta que llegue la policía.

—La policía, lo que tiene que hacer es ocuparse de ese maníaco. Tú mismo has dicho que la casa no es suya. Entonces, ¿por qué entró allí? Es un delincuente.

—Usted también ha entrado.

—Porque él me invitó. Yo pensaba que era su casa.

Empezó a escucharse un sonido como de furgoneta antigua, acercándose por el camino a todo lo que daba de sí el motor. El guardia se acercó a la puerta. Ella se levantó y le siguió, asustada, pensando que ya estaba allí la policía para detenerla, ignorando que ningún vehículo de policía en activo era capaz de semejante estruendo, ignorando que no podía personarse ningún agente sin ser avisado, salvo casualidad. Al llegar a la puerta, el guardia se giró y le dijo:

—Usted no sale. Usted está en custodia.

Ella obedeció sin ganas y fue hasta la ventana para ver lo que ocurría, todavía con los pies ardiendo. El motocarro que llegaba por el camino era de color gris, de diseño muy antiguo, con un solo faro centrado en la parte frontal de la cabina. Alexeia no podía ver quién lo conducía. El guardia avanzó en su dirección muy despacio. El vehículo aminoró la marcha. Tenía delante al guardia, a unos cuatro metros. Este se apartó hacia su derecha para hablar con el conductor cuando se detuviera. Pero justo en ese momento, el motocarro dio un empellón, aceleró hasta hacer rugir el motor, giró de improviso en dirección al guardia y lo embistió contra la pared de la fábrica, hasta chocar de la forma más aparatosa.

Alexeia dio un grito y se echó al suelo. Luego, fue hasta un lateral de la ventana y asomó apenas la cabeza para ver el resultado. Ningún ruido. Ningún movimiento. Ella seguía mirando, esperando señales. No se atrevía a salir. Pasó un buen rato allí, mirando a hurtadillas el motocarro estrellado, con su única rueda delantera doblada, el parabrisas hecho añicos y el reflejo del sol en la ventanilla derecha, impidiéndole ver el interior.

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